miércoles, 20 de enero de 2010

Judaísmo y cristianismo, muchas heridas a flor de piel

¿alguna posibilidad de convergencia?

A. SAENZ BADILLOS* Catedrático de Hebreo en la Universidad Complutense. Madrid. SAL TERRAE 1997, 1. Págs. 37-46
¿Qué posibilidades de diálogo se dan hoy entre judíos y cristianos? El cristianismo, nacido del seno del judaísmo hace ya casi dos mil años, siguió desde muy pronto su camino peculiar, mientras el judaísmo continuaba su propia senda. Durante siglos se dieron entre uno y otro relaciones tormentosas, discusiones y acusaciones mutuas. ¿Qué queda hoy del tronco común, hasta dónde ha llegado el alejamiento entre uno y otro y qué posibilidades de convergencia existen todavía?
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BI-JUDIA: La Biblia es sin duda el elemento básico común que comparten desde un principio judíos y cristianos, aunque la extensión del término no sea la misma para unos y otros. Para los judíos es la «Torá (enseñanza) escrita», entregada por Dios a Moisés en el Sinaí. La Biblia judía está formada por 24 libros agrupados en tres secciones: la Torá (Pentateuco), Neblim (Profetas anteriores y posteriores, esto es, libros históricos y proféticos) y Ketubim (Escritos, libros sapienciales); con las letras iniciales de esas tres secciones se ha formado el nombre con el que hoy se conoce a la Biblia en hebreo: «Tanak». Como es bien sabido, ni los «libros deuterocanónicos» ni, desde luego, el «Nuevo Testamento» (con la consiguiente denominación de «Antiguo Testamento» para los otros libros), llegarían a ser nunca reconocidos como propios por la comunidad judía, y ahí radica una de sus principales diferencias con el cristianismo.
El primer punto de partida para un posible entendimiento lo constituye sin duda el texto original de la Biblia, escrito en hebreo (o, en pequeñas secciones, en arameo); a lo largo de los siglos, los judíos se han preocupado de guardar y transmitir cuidadosamente ese texto en su lengua original, y los cristianos suelen reconocerlo así en nuestros días. Los trabajos de los masoretas medievales de Tiberias, vocalizando y puntuando el texto bíblico, y ofreciendo con ello un primer esbozo de comprensión del mismo, recogían la interpretación judía tradicional, pero fueron también aceptados por los cristianos desde el Renacimiento: todas las Políglotas, así como las versiones modernas a las lenguas vernáculas, suelen tomar como base el llamado «texto masorético» (o «tiberiense») de la Biblia hebrea.
Las traducciones, en cambio, han sido más bien ocasión de alejamiento: la más antigua es la versión griega de la Septuaginta, hecha por judíos antes de la era cristiana; pero si en determinados ambientes, sobre todo de la diáspora, se la acogió en principio con entusiasmo, el judaísmo oficial la fue dejando de lado, por considerarla ambigua y discutible, sobre todo cuando los cristianos comenzaron a basarse en ella para sus polémicas religiosas. En los primeros siglos de nuestra era, la versión más próxima al espíritu del rabinato fue la aramea (el Targum), que nunca llegó a penetrar en las comunidades cristianas; del mismo modo, las versiones latinas, que alcanzaron gran predicamento entre los cristianos, nunca serían utilizadas por los judíos. Cuando en los medios eclesiásticos medievales se veían con mucha desconfianza las versiones vernáculas, los judíos no dudaban en traducirla a la lengua del pueblo para quienes no dominaban la lengua original.
La interpretación concreta de los libros bíblicos ha constituido también un motivo de alejamiento, y a veces de discordia, entre ambas comunidades. Desde muy pronto, cada comunidad siguió su propio camino. Los rabinos por un lado (en los midra him) y los Padres de la Iglesia por otro hicieron su lectura particular de la Biblia. En seguida los rabinos acusaron a los cristianos de abusar de la exégesis alegórica, sobre todo la tipológica, por la que los cristianos no se consideraban obligados a cumplir los preceptos divinos recogidos en los libros bíblicos y convertían las figuras de la Escritura en precursores tipológicos de los personajes neotestamentarios. Los judíos mantuvieron la interpretación literal de todos los pasajes bíblicos que encierran mandamientos o prohibiciones, sin aceptar ninguna posible anulación ni sublimación de los mismos. Solamente en el caso del Cantar de los Cantares se inclinaron, al igual que los cristianos, por la interpretación alegórica; pero, mientras estos últimos veían en los dos protagonistas del Cantar a la Iglesia y a Jesús, para los judíos se trataba de la comunidad de Israel cantando su amor por su Dios. En general, y salvo honrosas excepciones, los cristianos han ignorado el modo judío de interpretar la Escritura, no menos de cuanto los judíos se han resistido a aceptar el cristiano; son muy contados los exegetas cristianos que aún hoy tienen en cuenta las opiniones de Raí, de Abraham ibn Ezra o de David Qimhi, por ejemplo.
La actitud ante la Biblia ha servido así para distanciar a quienes se consideran todavía el Israel escogido por Dios, el pueblo elegido, de los que sostienen que el «verus Israel» no es el meramente material o fisiológico, sino el espiritual, que se identifica con la Iglesia cristiana. Si en un primer momento Pedro y los judeocristianos consideraban que debían cumplirse literal y rigurosamente los «preceptos bíblicos», igual que lo pensaban los judíos, esa postura quedaría definitivamente «derrotada» dentro del cristianismo, gracias sobre todo a la actitud de Pablo y Esteban, aunque todavía se puedan percibir en el «Nuevo Testamento» las huellas de posiciones enfrentadas.
Junto a la Biblia, la «Torá escrita», en el judaísmo juega además un papel muy destacado la tradición oral, la «Torá oral», que según los judíos fue dada por Dios a Moisés en el Sinaí al mismo tiempo que la escrita. Los rabinos recogieron y transmitieron esa Torá oral; a veces era el resultado de leer la Biblia desde su propia problemática y con sus normas peculiares de interpretación, pero además incluía las respuestas jurídicas de los maestros a las situaciones que se planteaban a las comunidades judías en todas las facetas de la vida ordinaria. La Torá oral quedó así recogida en la Mi hná y los Talmudim, verdaderos pilares del judaísmo hasta nuestros días. Los cristianos por su parte, y en particular los Padres de la Iglesia, desarrollaron también su propia tradición, y de esa forma se fueron alejando cada vez más las dos comunidades. El ambiente de proselitismo, tensiones y confrontaciones que se dio en los primeros siglos de esta era entre judíos y cristianos contribuyó aún más a que cada comunidad buscara su propia identidad de espaldas a la otra o incluso tratando de ser diferente de la otra.
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No obstante, a lo largo de la historia los pensamientos religiosos judío y cristiano tuvieron que hacer frente a problemas comunes, aunque las soluciones no siempre fueran iguales. Unos y otros tuvieron que enfrentarse al paganismo, a los problemas de conciliar la fe y la razón, a la posibilidad de incorporar o no a su sistema teológico los principios filosóficos del neoplatonismo y del aristotelismo, y en tiempos más modernos han tenido que plantearse las consecuencias de la secularización de la vida moderna. En no pocos aspectos, cristianismo y judaísmo se desarrollaron de manera independiente y por caminos muy distintos: baste recordar por parte cristiana el monacato y las órdenes religiosas, o por parte judía la cábala, o sistema místico brotado de la antigua tradición rabínica. Pero no es difícil descubrir momentos puntuales de reencuentro: así, a través de místicos cristianos con antecedentes conversos se dieron contactos en la experiencia y la doctrina mística de las dos comunidades; y ciertos movimientos judíos de tipo pietista (los hasidim del siglo XVIII) podrían encontrar asimismo paralelos en la religiosidad popular cristiana. También los debates internos que tuvo que sufrir el judaísmo y su reafirmación de la tradición frente a los caraítas pueden recordar las discusiones entre católicos y luteranos.
El judaísmo no ha puesto nunca su mayor empeño en desarrollar un sistema de creencias, una teología dogmática. Se contenta con sintetizar los elementos fundamentales de su fe, en su forma más representativa, en los «13 principios» formulados por Maimónides en la segunda mitad del siglo XIl, que sostienen la existencia de Dios, su unidad, su carácter no antropomórfico, su eternidad, su exclusividad a efectos de culto y obediencia, la profecía (con Moisés como el mayor de los profetas), la entrega de la Torá (una Torá que no será derogada ni modificada nunca), el conocimiento de las acciones de los hombres por parte de Dios y su retribución, la venida del Mesías y la resurrección de los muertos. La ausencia de una autoridad personal universal que pueda fijar el acervo de creencias contribuye asimismo a que no se ponga tanto el acento en estas cuestiones. Sin tener nada equivalente al desarrollo de los dogmas cristianos, el judaísmo insiste más en las obligaciones del hombre para con Dios que en los detalles de su fe.
Seguramente por eso, las diferencias más claras surgieron en la vida práctica, en la manera de enfocar una y otra comunidad las obligaciones del hombre para con Dios. Los rabinos desarrollaron todo un sistema de derecho religioso, con una casuística minuciosa. La tradición judía concede importancia decisiva a los 613 preceptos -365 negativos y 248 positivos- formulados dentro del texto bíblico y que debe cumplir todo judío desde que alcanza los trece años. Dentro de esas normas de vida, destacan de modo especial las relativas a la observancia del sábado, día de descanso total y de oración, y a la alimentación; entre estas últimas, la distinción de productos aptos y no aptos para ser comidos (qa hrut), la separación estricta de los alimentos lácteos y cárnicos, etc., son el resultado de la interpretación de las palabras bíblicas dentro de la tradición judía (la legislación sobre animales puros e impuros en Lv 11, o el mandato «no comerás el cabrito en la leche de su madre», etc.). La liturgia y las oraciones sinagogales, el calendario judío, las fiestas de origen bíblico o postbíblico... contribuyen asimismo a dar un carácter distintivo a la comunidad judía. Las leyes sobre pureza ritual, o las relativas al matrimonio y al divorcio, dan también al judaísmo una imagen sensiblemente distinta de la cristiana.
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Algunas de las características actuales del judaísmo son efecto de los acontecimientos históricos, y en especial de la destrucción del Templo de Jerusalén y de la larga existencia forzada del pueblo judío en la «diáspora», como una minoría mejor o peor tolerada bajo el poder musulmán y el cristiano. Las consecuencias de esa historia están todavía hoy a flor de piel. Dejando por el momento a un lado los problemas sufridos bajo el Islam, la convivencia con los cristianos no siempre resultó fácil. En la literatura judía se encuentran frecuentes alusiones a Edom -enemigo casi irreconciliable del Israel bíblico, que personifica en los textos medievales al Imperio romano- y a los cristianos. No es para menos: en la Europa cristiana, incluida España, junto a momentos indudables de paz y bienestar, los judíos pueden recordar numerosas leyes antijudías, discriminaciones, virulentos ataques panfletarios, restricciones en el modo de vestir o en las profesiones que podían practicar, persecuciones, matanzas con ocasión de las Cruzadas o de revueltas populares, conversiones forzosas, participaciones obligadas en debates públicos, imposiciones de escuchar a los predicadores cristianos en las sinagogas, expulsiones, etc. Por no hablar del tema de la Inquisición, que, si es verdad que se dirigió en esencia contra los conversos que «judaizaban», para los judíos representaba una grave amenaza contra quienes de corazón seguían fieles a su fe.
Aunque algunas de esas actitudes o hechos hostiles hay que atribuirlos a la presión del pueblo o de los nobles, la verdad es que muchas veces eran los Papas, los prelados u otros eclesiásticos los que promovían tales actos de intransigencia, difícilmente justificables desde nuestra sensibilidad actual. Hasta tiempos muy recientes, tanto en el lenguaje religioso cristiano como en el arte sacro, era usual aludir a la «caecitas judaeorom», la ceguera o la «perfidia» de los judíos. Las acusaciones cristianas de los «crímenes rituales» de los judíos pocas veces tuvieron un fundamento objetivo; servían más bien como catalizador de la inquina popular contra personas que habían aprovechado circunstancias y privilegios para acumular poder económico e influencias sociales. No merece comentarios el que se diera a veces como razón última de conductas antijudías el que se trataba del pueblo «que dio muerte a Jesús». Y no olvidemos que fueron países cristianos los que crearon los guetos de tan poco grato recuerdo, los que llevaron a cabo los pogromos, y en especial los que causaron el «holocausto», con sus millones de víctimas. El silencio o la postura poco clara de la Iglesia oficial ante esa situación crítica, a pesar de algunas voces aisladas, es algo que cuesta olvidar a los judíos de esta generación. Haría falta un «mea culpa» mucho más explícito para suavizar los roces inevitables que ha producido la historia.
No es extraño que, como consecuencia de todo lo mencionado, la comunidad judía se fuera cerrando en sí misma, particularmente en la diáspora, tratando de evitar la asimilación: las disposiciones internas han procurado dificultar el trato excesivo con goyim o no-judíos, dividiendo a los hombres en judíos y no-judíos, y excluyendo a estos últimos incluso de la «ley del amor» o de otras leyes que son válidas sólo para «tu prójimo», esto es, para el judío; han luchado contra los matrimonios mixtos, que podían hacer olvidar la propia identidad, y han desarrollado y codificado su propio derecho religioso, insistiendo en numerosos detalles que diferencian a la comunidad judía de todas las demás, como es el caso de la circuncisión o las leyes alimentarias ya comentadas. A diferencia de los cristianos, los judíos no suelen practicar ninguna actividad misionera: para ser judío hay que pertenecer al pueblo de Israel, haber nacido de madre judía; la conversión, incorporación de corazón al destino de ese pueblo, se dificulta muchas veces en lugar de promoverse. Es verdad, con todo, que a los hombres justos de otras religiones o pueblos se les suele reconocer un lugar junto a los judíos en el «mundo futuro».
Sin embargo, hay que tener en cuenta que el judaísmo de nuestros días está lejos de ser una unidad monolítica. Cada comunidad tiene notables posibilidades de autodeterminación, y en lo relativo a la interpretación más o menos literal de la legislación tradicional, al grado posible de modernización, al papel de la mujer en la vida religiosa y a otros muchos detalles prácticos, se da una gran variedad de tendencias dentro del judaísmo: ortodoxos, conservadores, reformados, etc. Por no mencionar más que un ejemplo significativo: mientras en unas comunidades se separa rigurosamente a las mujeres de los hombres para la oración en la sinagoga, procurando que no puedan verse, en otras se permite que la mujer desempeñe el cargo de rabino1.
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MESIAS/JUDIO-CR: Entre los puntos tradicionales de divergencia entre judíos y cristianos, el más significativo, y que por eso he dejado para el final, podría ser el del mesianismo. Judíos y cristianos parten de la figura bíblica del Mesías, el «ungido», pero la han desarrollado en dos direcciones totalmente divergentes. En la perspectiva judía se trata de un rey de la familia de David, un ser humano, lejos de la visión cristiana del «Hijo de Dios encarnado». La cuestión de su venida está en el centro de la polémica: mientras los cristianos sostienen que ya ha tenido lugar en la figura de Jesús (aunque habrá una segunda venida), para los judíos el Mesías vendrá una sola vez, en «los últimos días». La historia del pueblo judío está llena de expectativas de ese momento en que Dios se apiadará de su pueblo y enviará al Mesías liberador, de cálculos de fechas, de figuras de pretendidos mesías (como en el caso de Sabbetay ebi en el siglo XVII, y otros muchos)... Hay además otras diferencias respecto al cristianismo en la interpretación de los conocidos pasajes de Isaías («virgen»/«muchacha»; Emanuel; siervo sufriente; etc.).
¿Cómo ven los judíos a Jesús? Para ellos Jesús es sin duda un judío, y en ello insisten diversos estudios, pasados y presentes, que analizan su actitud y su mensaje desde esa óptica. Flusser2, por ejemplo, sostiene que Jesús observaba cuidadosamente la Ley judía y era un judío ejemplar, con amplia cultura judía, hasta el punto de que le llamaban rabbi (rabino). Convencido de que el fin del mundo era inminente, Jesús estaba próximo a los fariseos, a pesar del posible influjo esenio, si bien ponía de relieve el aspecto moral de la vida frente a la observancia puramente formal. No se dirigía a los paganos, sino «a las ovejas perdidas de la casa de Israel». El mandato radical del amor parte de premisas judías: el mandamiento del amor existía en el judaísmo anterior y contemporáneo de Jesús; Hillel y Jesús tenían la misma regla de oro -«no juzgues y no serás juzgado»-, aunque es verdad que Jesús va más lejos al predicar el amor al enemigo y al pecador. Jesús se enfrenta con la aristocracia sacerdotal de los saduceos, y ese enfrentamiento le lleva a la muerte. Los fariseos no tienen nada que ver con ella.
«Jesús nunca tuvo la intención de morir para expiar con su breve pasión los pecados de los otros. Ni tuvo tampoco conciencia de ser el Siervo doliente y expiador de Isaías. Fue la Iglesia primitiva la que lo presentó así, pero retrospectivamente, después de la crucifixión»3.
Jesús era «el Mesías de los cristianos», señala Levinson4, pero nunca el de los judíos. Para los judíos, Jesús no podia ser el Mestas: como rey de Israel que debía liberar al pueblo judío del poder romano e instaurar un reino de paz, resultaria una decepción; como salvador que perdona los pecados y trata de reemplazar la Torá en el sentido paulino, era un escándalo para los judíos fieles; además, las ideas de la Trinidad y la Encarnación iban contra el estricto monoteísmo y significaban apartarse de la fe judía.
G. Vermes5 pone en relación a Jesús con el judaísmo carismático, subrayando que se trata de un taumaturgo de Galilea, addiq («justo»), auténticamente judío, que elude el titulo de Mesías. Según Vermes, «se oyen rumores apagados en los círculos de la erudición judía que indican que el antiguo tabú que pesaba sobre Jesús, al que se consideraba erróneamente responsable del antisemitismo cristiano, está empezando ya a esfumarse, y que se están dando pasos vacilantes para volver a situarlo entre los antiguos hasidim en un cumplimiento inicial de la 'profecía' de Martin Buber: 'Le corresponde un puesto grande en la historia de la fe de Israel'»6.
Todavía tienen plena actualidad estudios del Nuevo Testamento a la luz de la primera literatura rabínica, como el monumental que en su día elaboraran H.L. Strack y P. Billerbeck7. Otros estudiosos judíos han tratado de iluminar el sustrato veterotestamentario y judío que tienen puntos esenciales de la predicación de Jesús, haciendo ver incluso que hay enseñanzas de Jesús que son típicamente judías, y que su teología crece a partir de raíces igualmente judias8. Sin embargo, intentan explicar también por qué el Nuevo Testamento, escrito en su mayor parte por judíos y para judíos, sobre temas estrechamente relacionados con el judaísmo, no fue adoptado ni leído por el pueblo judío, que nunca se sintió identificado con él. Entre otras cosas, el modo neotestamentario de sacar consecuencias de determinados textos bíblicos, o la falta de coherencia de los cristianos en el cumplimiento de la Ley mosaica, figuran siempre entre las criticas más duras que suelen plantear los autores judíos.
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Resumiendo este análisis, necesariamente breve, encontramos en ambas comunidades una coincidencia en cuestiones tan fundamentales como la visión de Dios y el mundo, la creación, la naturaleza del hombre y su lugar en el universo, la Providencia, la Alianza, la Biblia, los principales valores éticos y derechos humanos que de ella se desprenden, etc. En todos esos puntos, se encuentran sin duda en el mismo frente.
Pero, al mismo tiempo, no se pueden ignorar las diferencias, hoy muy marcadas, consecuencia de una evolución histórica independiente y de un enfrentamiento secular. A nivel de dogma, las mayores discrepancias se dan en todos los desarrollos típicos del cristianismo: Trinidad, Encarnación, Virginidad de Maria, Redención, Resurrección, Iglesia, Papado, Sacramentos, Sacerdocio... En el plano de la praxis religiosa, el alejamiento es también muy notable, debido sobre todo a la insistencia judía en el cumplimiento literal de los preceptos bíblicos, y a las lineas particulares seguidas por una y otra comunidad en su proceso de desarrollo. Los choques y confrontaciones históricos, la violencia del pasado, están presentes en cualquier intento de entendimiento presente, y es quizá donde más habría que trabajar para limar asperezas.
Teniendo en cuenta la variedad de tradiciones judías y las diferentes actitudes que toman unos y otros grupos cristianos, no cabe duda de que pueden darse posibilidades mayores de encuentro y convergencia entre los sectores menos fundamentalistas y más abiertos de una y otra comunidad. Es posible buscar el acercamiento (no «misionero»), el conocimiento mutuo (que incluya la cultura desarrollada por unos y otros), la colaboración en proyectos comunes y la convergencia en puntos concretos, aunque pretender eliminar todas las discrepancias y hacer olvidar la historia resultaría hoy imposible. La convivencia podrá resultar menos difícil si por ambas partes se da un trato respetuoso y digno y se asumen las responsabilidades históricas sin excesivos dogmatismos.
1. Vease N. DE LANGE, Judaísmo, Riopiedras, Barcelona 1996.
2. D. FLUSSER, Jesús en sus palabras y en su tiempo. Cristiandad, Madrid 1975. 3. Ibid., 116s.
4. N.P. LEVINSON, Der Messias, Kreuz Verlag, Stuttgart 1994.
5. G. VERMES, Jesús el Judío, Muchnik, Barcelona 1994.
6. G. VERMES, La religión de Jesús el judío, Madrid 1995, 255.
7. Kommentar zum Neuen Testament aus Talmud und Midrasch, Manchen 19261928.
8. Véase E. LEVINE, Un judío lee el Nuevo Testamento, Cristiandad. Madrid 1980.
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Bibliografía
KUNG, H., El Judaísmo. Pasado, presente y futuro, Trotta, Madrid 1993.
LANGE, N. DE, Judaísmo, Riopiedras, Barcelona l996.
SAENZ-BADILLOS, A. y TARGARONA, J., Los judíos de Seforad ante la Biblia. La interpretación de la Biblia en el Medievo, El Almendro, Córdoba 1996.
TREBOLLE BARRERA, J., La Biblia judía y la Biblia cristiana, Trottta, Madrid 1993.
VERMES, G., La religión de Jesús el judío, Anaya & Mario Muchnik, Madrid 1995.


Fuente: http://ccparagon.pangea.org/Despensa/archivo/DialogoIR/Judaismoycristianismo.doc

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