miércoles, 20 de enero de 2010

Jesús, fundamento de la espiritualidad cristiana

Eduardo Arens, sm

Entiendo por espiritualidad la manera de vivir la vida del Espíritu. Al hablar del Espíritu pienso en primer lugar en el espíritu que fue guía y fuerza de la vida y misión de Jesús, por eso hablamos de espiritualidad cristiana. Recordemos que no había antaño visión trinitaria aún, por eso el Nuevo Testamento (NT), más claramente que la doctrina teológico-filosófica posterior, entiende al Espíritu como el ruaj, la vitalidad divina. Espiritualidad, por tanto, no es otra cosa que la vida que brota de la fuerza divina en el hombre que se deja inspirar y “mover” por ella, que se manifiesta en el actuar y pensar. No está contrapuesta a la vida física humana, ni a “mundanidad” en el sentido de vivir en el mundo (entendido éste en su sentido neutral, no en el metafórico de valores negativos); no es sinónimo de etéreo o abstracto, ni se reduce a una interioridad o intimidad.
Si la espiritualidad es cristiana será aquella vivida según el espíritu de Jesucristo. Esa espiritualidad tendrá matices diversos según quién la viva, tan diversos como son las personas, pero a su vez será sustancialmente la misma si es el espíritu de Jesucristo –esto lo expuso claramente san Pablo en sus cartas y está en el trasfondo del evangelio según Juan.
Deberíamos darle mucha más importancia a la espiritualidad que a la teología; a la vida más que a la doctrina. Al final de cuentas eso es lo decisivo (cf. Mt 25,31ss). Por cierto, al hablar de espiritualidad no estoy pensando en posturas pasivas o meramente intimistas: la espiritualidad que no se manifiesta visiblemente y se proyecta en la vida en sus diversas facetas es un espejismo, una quimera.
Si entendemos espiritualidad cristiana –en un mundo que ofrece muchas espiritualidades– como un vivir en sintonía con el espíritu de Jesucristo, entonces es indispensable conocer a ese Jesucristo, que no es otro que el histórico resucitado, aquel de quien se da testimonio en primer lugar en el NT. A esa misma vivencia básica se compromete todo auténtico discípulo de Jesucristo. Después de todo, es algo intrínseco al seguimiento de Jesucristo, un compromiso de vida.
La espiritualidad de Jesús
La espiritualidad DE Jesús es la propia suya, de su vivencia, histórica. Entrar en ella, descubrirla, es inseparable del problema del descubrimiento del Jesús histórico. Estamos hablando de la espiritualidad de una persona, no aparte o al margen de ella, por tanto exige saber algo sobre esa persona. Es el problema histórico-crítico. Pero es particularmente más difícil pues queremos entrar en “el alma” de Jesús, su vivencia íntima –con el riesgo de jugar a psicólogos. Es afín a la pregunta por la conciencia que tenía Jesús sobre su identidad, sobre su misión, sobre la relación de Dios con él. La vida interior de alguien se puede conocer por medio de sus manifestaciones externas, su comportamiento, y, en segundo lugar, por lo que pueda decir o dejar escrito –digo “en segundo lugar” porque el lenguaje más claro, espontáneo, y por tanto natural, es el del comportamiento, no lo que se comunique verbalmente, pues a menudo esto está en función de la imagen o la idea que se quiera vender. La persona revela su “interior” en su comportamiento no programado, en su praxis común, mucho más claramente que en lo que pueda decir.
Toda cristología y toda “espiritualidad de Jesús”, como toda “vida de Jesús”, es hija de su tiempo, pues es descrita en consonancia con una multiplicidad de factores que en la mente y la personalidad del expositor se conjugan: su cultura, su idea de Dios y lo divino, sus experiencias personales, expectativas o sueños, sus intereses múltiples, incluidos religiosos, sus conocimientos o percepciones históricas, su condición socioeconómica, etc. Esto lo observamos ya en el NT. De hecho, Jesucristo viene presentado allí en diferentes versiones según diferentes apreciaciones: la de Marcos, la de Mateo y de Lucas, la de Juan. Por eso, nunca se tendrá una apreciación definitiva de Él. Como vemos, hay una serie de limitaciones que son inevitables, si no simplemente insuperables. En otras palabras, Jesucristo es más que las cristologías expuestas, y es más que el cristianismo mismo. Y lo que digamos sobre su “espiritualidad” será siempre aproximativo, provisorio y parcial.
Inevitablemente tendemos a hacernos una imagen de Jesús que es proyección de nuestras ideas, adecuada a nuestra visión de la vida, es decir un Jesús a nuestra medida, pues se cuelan nuestros prejuicios y nuestras conveniencias. Pensemos en las presentaciones modernas en el cine, en la literatura, en la filosofía, en el arte plástico. Sobre ello ya advirtió hace un siglo Albert Schweitzer en un brillante estudio: la tendencia es hacer un Jesús que refleja al que lo presenta1 –porque no lo conoce desde dentro, desde su experiencia de fe vivencial en sintonía con los testimonios apostólicos. Para evitar eso es necesario leer y releer, meditar y contemplar a Jesús a través de los excepcionales testimonios de los evangelistas –que calificamos como palabra de Dios–, dejando que ellos nos hablen y compartan cada uno su apreciación de Jesús. Pero debemos estar mínimamente familiarizados con el lenguaje con el que presentan a Jesús, que no siempre es el de la historia pura: los evangelios no son biografías de Jesús. De lo contrario haremos de Jesús un ídolo y de su mensaje una ideología. El impacto de Jesús está ampliamente testimoniado, complementariamente, en los restantes escritos del NT.
Se da además una interacción entre la experiencia de la vida cristiana y la apreciación de Jesucristo. El conocimiento de alguien no es meramente intelectual, fríamente informativo. Más aún, los datos sobre alguien pueden ser interpretados de tal manera que produzcan una apreciación deformada, incluso falsa de la persona en cuestión. Como el término hebreo lo connota, “conocer” a alguien es compenetrarse con el sujeto (cf. Jn 10,15s; 14,7ss.17.20; 17,3). Toda cristología resulta, pues, de una reflexión que conjuga el pasado de Jesucristo con el presente del expositor –como se observa en los evangelios mismos, que por ello son diferentes los cuatro. Lo que se presenta es una determinada manera de caminar con Jesucristo. Es así que Jesús, en el cuarto evangelio, podía reiterar que los judíos no lo conocen, ¡ni siquiera conocen a Dios (1,10s; 8,19.32.55; etc.)!
Conocer a Jesús no se limita a nuestras apreciaciones teológicas (dos naturalezas, unión hipostática, etc.), sino en la compenetración con él, como quien conoce a un amigo: confiar en él y dialogar con él. Lo que Jesús pedía era confianza en Dios, en él y en sus mediaciones, y no que lo confiesen intelectual o doctrinariamente como hijo de Dios o mesías (Mc 8,30). De hecho, cuando preguntó quién decía la gente que era, Jesús no mostró mayor interés en la respuesta. A continuación les dice lo que significa seguirle a él, es decir, remite a la ortoPRAXIS: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame” (Mc 8,34)2. Por lo mismo, más allá de toda teoría, a Jesús se le conoce y aprecia en profundidad en el seguimiento de su camino, que supone el olvido de sí mismo, para entregarse al anuncio y la realización de la presencia del reino de Dios, reino de vida y de justicia, hasta la cruz. Visto atentamente, eso supone que el cristianismo debe ser sustancialmente misionero, no instalación; debe ser testimonio viviente de la praxis de Jesús, no doctrina.
Importancia de la pregunta por Jesucristo
Es necesario replantearse cada tanto tiempo la pregunta por el realismo y el significado de la persona de Jesús de Nazaret, pues se trata de la fidelidad y la honestidad históricas. Para el cristiano está en juego la continuidad con ese Jesús y su proyecto, que toca la identidad cristiana –y por ende también una espiritualidad que quiera ser cristiana. La importancia de ese replanteamiento se refleja en la reiterada pregunta por el “Jesús histórico”, particularmente a lo largo del último siglo.
Primera clave: relación interpersonal
Preguntar quién es Jesús es preguntar quién es Él para mí, en mi apreciación y, más allá de ella, en relación a mi vida: es retomar la pregunta hecha a los discípulos: “¿Quién dicen ustedes que soy?”, a la que Pedro responde a título representativo: “Tú eres el Mesías”. Juan da la respuesta en su versión del Evangelio, poniendo en labios de Jesús mismo los famosos “Yo soy (para ustedes)...”. No se pregunta quién fue Jesús, sino quien es ese que fue. La pregunta no es por información biográfica, sino por una apreciación personal sobre Él, hoy. La pregunta es más relacional que ontológica. No pregunta quién es Jesús visto en sí mismo (su naturaleza), sino para nosotros. Tampoco pregunta por Jesús por sí mismo, sino su relación con el Enviador. No pregunta por su conciencia mesiánica, sino por la conciencia que tenemos nosotros de él.
A la pregunta que los enviados del Bautista hicieron a Jesús por su identidad, éste respondió remitiéndoles a los signos externos de su actividad: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios,... y se anuncia el evangelio a los pobres” (Mt 11,4s). Son signos (semeia) que apuntan a una verdad profunda, a su identidad. No se llega a ésta si no es por los signos, que revelan su identidad. No se puede conocer y comprender a Jesús aparte de sus relaciones con las personas, con la sociedad, con los marginados y enfermos, incluida su relación con Dios, el Padre.
La pregunta por Jesús no obtiene una respuesta integral si se reduce a los simples datos cronísticos. La pregunta es por la significación de la persona para otros, que trasciende los hechos mismos: incluye el ámbito “interior” de la persona —sus actitudes, principios, afectos... que se reflejan en sus actuaciones, aquello que se dio por llamar “misterios” de la vida de Jesús. Eso nos remite al ámbito de la fe: ver a Jesús con los ojos con los que él veía, y conocerlo intimando con su Padre.
Al considerar a Jesús no debemos limitarnos a sus rasgos externos humanos como una especie de grandioso modelo a imitar, pero son ésos los que nos revelan su relación con Dios, y es esa relación la que debemos procurar adquirir, no por mecánica imitación de un modelo, sino por fuerza del Espíritu, es decir, el espíritu de Cristo3. Por eso hablamos de seguimiento de Jesucristo, no de imitación. Eso es lo que proponen los autores del NT. Es una espiritualidad.
Segunda clave: el discipulado
La pregunta por Jesucristo es inseparable de nuestra misión como cristianos: todos estamos invitados a dar testimonio de nuestra fe. Al verdadero Jesucristo lo conoceremos en la medida que vivamos su proyecto salvífico y viceversa, lo cual también supone que lo conocemos. Por eso, el conocimiento de Jesús de Nazaret nos confronta una y otra vez con nuestra opción en relación a su causa, su camino: “tú, ven y sígueme”. Esto es evidente en los evangelios. Por tanto, para conocer a Jesucristo no basta con el estudio atento de los testimonios bíblicos, ni llegamos al fondo mediante la meditación o la reflexión teológica. Debe necesariamente incluirse la praxis, el seguimiento concreto de Jesucristo por su camino mesiánico. En otras palabras, se le irá conociendo en la medida que se viva la experiencia de ser sus discípulos. Es precisamente así como se escribieron los evangelios, desde la vivencia pospascual de ser discípulo de Jesucristo (su Sitz im Leben, o contexto vital, más profundo).
En síntesis, para saber quién es una determinada persona, hay que tener un mínimo de información acerca de ella, pero más importante y determinante es captar el significado existencial que pueda tener, entrar en su “alma”, lo que la hace ser quien es. Esto vale para Jesucristo. Sin embargo, si no incluye la experiencia de su presencia arriesga ser un conocimiento teórico, pues se trata de una persona, no de un objeto —eso es lo que dio origen a la predicación kerigmática—, más concreta y específicamente, la experiencia de vivir como su discípulo. Eso es lo que, de hecho, hicieron los evangelistas en sus respectivas presentaciones de Jesucristo: es el Jesús Cristo de sus vivencias de fe, de sus experiencias como seguidores. No entenderemos plenamente los evangelios si no es a través de la experiencia del discipulado –por eso muchos se quedan discutiendo lo anecdótico. En otras palabras, hay que conocerlo informativa y también existencialmente; hay que haber intimado con Él, estar “en Él”, haberse puesto a caminar “con Él”, asumir “su” proyecto y su causa. Jesús es conocido sólo en la medida en que es seguido. Su misterio sólo se desvela a quienes van tras Él, están con Él, sirven al mismo Dios. Se trata de una experiencia pneumática, de la compenetración con el Espíritu que fuera “el alma” de Jesucristo —ocasionalmente calificado como “el espíritu de Jesucristo” (Hch 16,7; Rom 8,9; Fil 1,19; 1Pdr 1,11). Estamos ante una espiritualidad.
¿Imitación o seguimiento de Cristo?
En los evangelios encontramos reiteradamente a Jesús invitando a seguirlo, pero nunca invitando a imitarlo. Por lo mismo Lucas podía hablar del cristianismo como “el camino” (Hch 9,2; 19,9.23; 22,4; 24,14). Y es que tanto Jesús como los evangelistas sabían bien que lo que estaba en juego y era determinante era la relación interpersonal con él, que llamaban fe (especial y enfáticamente en Jn). Jesús no era un modelo, sino iniciador de un movimiento con una particular visión de la vida, la cual es eminentemente comunitaria; constituyó un grupo de seguidores y les instruyó sobre la manera de relacionarse entre ellos.
La idea de imitación es griega, no semítica. En el mundo griego se buscaba la perfección según modelos idealizados, tanto en el arte como en el deporte, y también en cuanto a la vida personal. Por eso era de capital importancia el cultivo de “virtudes”. Pero la perfección a la que Jesús invita, en las únicas dos ocasiones en que se la menciona, consiste en hacer como el Padre celestial, “que hace salir el sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5,45-48), es decir, consiste en prodigar bondad indiscriminada y gratuitamente (sol y lluvia son fundamentales en un mundo agrario). Y al “joven rico” le propuso: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres” (Mt 19,21). Sólo cuando entre en contacto con el mundo griego, en el cristianismo se empezará a hablar de imitación, y ya en los escritos del NT producidos en ese mundo y para él. Por cierto, debemos cuidarnos de contraponerlos, pues el seguimiento incluye una cuota de imitación, como el hijo imita al padre sin calcarlo.
Seguir a Jesús no es cuestión de traer a la memoria un pasado, una anamnesis. No es una relación con discursos, ideas o recuerdos, sino con una persona. Es una solidaridad ontológica. Por tanto no es una relación con una imagen o una figura ficticia, sino con una persona real existente, aunque no tenga un rostro visible para nosotros: es una relación con Jesús de Nazaret resucitado –por eso eran importantes los relatos de apariciones pospascuales–, y san Pablo se refiere a ella como central (1Cor 15). La continuación de la presencia de Jesús está garantizada por su Espíritu –es el espíritu del mismo Dios– como Juan en particular resaltó en su versión del evangelio. Seguir a Jesús es identificarse con él; es una compenetración con él al punto de llegar a decir como Pablo: “no soy yo quien vive, sino Cristo que vive en mí” (Gál 2,20); es estar “injertados en él” (Rom 6,5). Eso implica asumir como personal sus propuestas y proyecciones –dimensión ética.
Lo que significa ser un seguidor de Jesús podemos deducirlo sólo de lo que conocemos de sus primeros seguidores en cuanto tales, por eso la particular importancia de los evangelios. Si no nos referimos a ellos arriesgamos inventarnos un discipulado (y un cristianismo), o caer en fantasías piadosas, como fue al inicio con los judaizantes y con los movimientos gnósticos, entre otros.
El llamado al discipulado originaba en Jesús, y era una invitación a seguirle a él, en ese modo particular suyo de vivir: los llamó “para que estuvieran con él”, dijo Marcos (3,14). Eso está expresamente presentado en los evangelios: “ven y sígueme”. Por eso, los evangelistas presentaron a Jesús dando instrucciones a sus seguidores y enviándolos a hacer lo que él hacía: son sus seguidores, de su camino. Los evangelistas lo entendieron como una cuestión de fidelidad hacia él y de continuidad con sus propuestas y proyecciones. Y fue eso precisamente lo que trajo consigo conflictos con aquellos “cristianos” que tenían una apreciación distorsionada de la persona de Jesús y de su mensaje –que no era una doctrina sino un camino de vida. Los discípulos habían sido atraídos por él, no por una doctrina –era un “maestro” diferente; su “autoridad” se hacía manifiesta en “expulsiones de demonios” (Mc 1,21-27) para dar paso al reinado de Dios. Los discípulos no asistían a cursos de teología, sino a experiencias de vida (Schillebeeckx) –ellos vivían una teología. Por eso recordarían y narrarían sus experiencias con Jesús, y los evangelistas transmitirán eso como relatos. Esos episodios se transmitían por ser significativos para ellos. Es allí donde encontramos los rasgos del discipulado.
En el proceso de comprensión de lo que significa seguir a Jesús estamos confrontados con el significado de Jesús mismo. Es un significado soteriológico: seguir a Jesús es enrumbarse en un camino salvífico. No extraña que cristología y soteriología son inseparables. Creer en Jesucristo es seguirlo. Teniendo todo eso en mente podemos discernir y determinar si somos auténticos seguidores de Jesucristo –es una cuestión de identidad: ¿quién es un verdadero cristiano?
Por lo dicho, el conocimiento de Jesucristo es importante porque la revelación definitiva de Dios, y la salvación, se dan en él, en esa persona. Ese es el núcleo de la evangelización: el anuncio de Jesucristo, “el mismo ayer, hoy y por siempre”. Según el judaísmo la salvación se obtiene por el cumplimiento de la Ley de Moisés; para el cristiano se obtiene en el seguimiento de la persona de Jesucristo. A diferencia del gnosticismo, sistema que promete salvación en base a conocimiento y al cual estamos proclives a caer, el cristianismo asegura la salvación en la medida que se adhiera a la persona de Jesucristo (Jn 20,30s). Ningún otro personaje en la historia, que se sepa, hizo depender la salvación de la relación con Él. Por eso los primeros cristianos anunciaban a una persona: Jesús el Cristo. Aquí está el núcleo de cualquier espiritualidad que se diga ser cristiana.
El camino de Jesús
La espiritualidad de Jesús se refleja especialmente en dos aspectos: en sus referencias a Dios como padre, abba, y en su predicación
y praxis, sintetizada en la expresión “el reino de Dios está a su alcance”.

Notorio es que Jesús no se dedicó a hablar de Dios: vivía la experiencia de Dios y la transmitía. Y cuando se refería a Dios lo hacía en base a su experiencia, su familiaridad con Dios, su intimidad con Él. A diferencia de los rabinos y otros predicadores, Jesús no estaba preocupado con Dios mismo, sino con las relaciones entre las personas. Jesús no hacía de teólogo. Eso lo ilustra su predicación visual: sus sanaciones. Por eso no es del todo correcto pensar que las parábolas hablan de Dios; hablan de los hombres. Tampoco es correcto pensar que el reino de Dios es lo mismo que “los cielos”, como no lo es afirmar que Jesús fue un maestro de doctrinas.
Jesús no fue un maestro de doctrinas ni fue el fundador de una nueva religión. Lo que enseñaba, y la gente sencilla precisamente admiraba de él, era el hecho de que hablaba sobre la manera de vivir humanamente, relacionando el trato de unos con otros con el amor a Dios que la Ley tenía como primer y supremo mandato –y todo judío repetía tres veces al día (Shema Israel...). “Amarás al Señor tu Dios... y al prójimo como a ti mismo: en eso se resume toda la Ley y los profetas” (=AT). Jesús no fundó una nueva religión: era judío y como tal vivió y murió. Además, no estuvo preocupado con cuestiones de culto y estructuras rituales –las referencias a ellas fueron más bien para criticarlas. Lo que Jesús hizo fue proponer una reforma del judaísmo, si así se puede decir, centrando la atención en el hombre, en lugar de centrarla en la Ley como tal: “el sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). Y todo eso proviene de su particular manera de vivir su relación con Dios, su abba
–nuestro abba, como solía referirse a Dios.

También es notorio el énfasis que Jesús ponía en el perdón –ya presente en el Padre Nuestro (cf. Mt 6,14s). El que se sabía aceptado por Dios en sus limitaciones y deficiencias, Jesús (que no era perfecto), ese mismo perdonaba en nombre de ese Dios a los otros. Perdonar es reconocer y restaurar la dignidad del otro (Mc 2,5-12). El discípulo, que sigue a Jesús, debe hacer igual. Lo ilustra la parábola del siervo despiadado en Mateo 18. Llamativa debió haber sido la exigencia de amar al enemigo. Para llegar a eso hay que tener un alma compasiva y desprendida... Nada de extraño que Jesús pusiera el mandamiento del amor al prójimo al mismo nivel del mandamiento supremo para todo israelita: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”.
El reino de Dios
Empecemos por anotar que la centralidad del reino de Dios en la predicación de Jesús, que hoy nos resulta evidente, no era tenida como evidente en la teología hasta hace un siglo; simplemente no era tema. Lo cierto es que no se puede hablar correctamente de Jesús sin hablar de su anuncio de la inmediatez del reino de Dios. Es ésta la expresión que, cual lema, resume su mensaje. Fue objeto, no sólo de la predicación verbal de Jesús, en particular mediante parábolas, sino también lo presentaba en su praxis, tanto su conducta como sus milagros. La predicación oral de Jesús y su praxis eran inseparables; se complementaban coherentemente. La una ilustraba la otra o, más precisamente, la hacía realidad.
Si Jesús hablaba del reino de Dios, y lo asociaba inclusive a sus milagros, era porque estaba convencido de ello, y él mismo vivía el reinado de Dios en su propia vida –sumisión a su voluntad. El reino de Dios y la voluntad de Dios son una y la misma cosa (vea el Padre Nuestro). Aquí tendríamos que detenernos en la llamada “voluntad de Dios”, cómo conocerla y reconocerla. Me limito aquí a remitir al NT como referencia y criterio fundamental de discernimiento (pues la historia es testigo de la frecuencia con la que se ha calificado como “voluntad de Dios” lo que en realidad es voluntad de los hombres en afán de imponer su particular visión de Dios)4. Recordemos que Jesús es mediador o, más exactamente, exponente de la voluntad de Dios. Es lo que expresa el título mesías (Cristo; cf. Dt 18,18s). Porque Dios es su padre, Jesús está atento a su voluntad –vea la parábola de los dos hijos a los que el padre pide que hagan su voluntad, en Mt 21,28ss. ¿Cuál es esa voluntad? Ese es tema del evangelio según Juan.
Es notorio que en el NT nunca se define ese “reino de Dios”, sino que se van presentando diferentes aspectos del mismo, a menudo en lenguaje metafórico –indicio de que no se puede definir. Es una realidad esencialmente dialéctica: empieza aquí pero no es plenamente de este mundo; se sitúa en el corazón, pero se manifiesta como real en el mundo tangible. Es un ya-pero-todavía-no. Por eso, la expresión-base malkut hashamaim debe traducirse por reinado de Dios, y su connotación intrahistórica, más concretamente política (cf. Sal 45; 72 y Sal Salomón 17), se da en aquello a lo que remite, que tiene sus raíces en las esperanzas tradicionales de un reinado real de Dios en este mundo, anticipado por diferentes profetas, que finalmente haría del pueblo elegido un reino de colorido davídico (mesiánico), un reino en el que reine la justicia, la paz y la prosperidad para Israel (Isa 11,3ss; 32,1ss.15ss). Y eso constituiría la gran comunidad de Dios. Por eso, el anuncio del reino de Dios por parte de Jesús es formador de comunidad, pero desprovisto de los rasgos nacionalistas tradicionales.
Ahora bien, hablar de rey y reinado es hablar de superioridad, de dominio. Es el tema de la apocalíptica –en esa clave expone Juan el reino de Dios en el Apocalipsis. Y si es un reinado de Dios eso significa que es lo propio suyo, sus valores y principios: su justicia, su salvación, su juicio, su verdad,... Es un reinado de paz, solidaridad, justicia y verdad. Por ser de Dios, es un reino abierto a todos. Si Jesús no lo explicó (?) fue porque daba por descontado que la gente sabía de que hablaba. Lo notorio es que cambió el esquema tradicional de reino de Dios: no es apocalíptico militar sino pacifista, no es de los poderosos sino de los humildes, no es de los grandes sino de los pequeños: “bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de Dios”. La justicia en cuestión era social, no política como se esperaba (visible en el Apoc).
La instauración del reino de Dios, tal como lo anunciaba Jesús, conlleva una transformación de las relaciones sociales, económicas y políticas diferentes –aspectos precisamente cuestionados por Jesús– vistos en términos de poder, para ser relaciones en términos humanitarios5. Dios reina donde se da una sociedad modelada por los principios de Dios abba, tal como Jesús los fue exponiendo y proponiendo. Por eso la constante llamada a la conversión (otro elemento esencial para la espiritualidad). El punto de partida está en el corazón del hombre: de allí “proceden las malas intenciones, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, maldades, engaños,...” (Mc 7,21s; cf. Mt 5,21-48). Esa es la espiritualidad de Jesús, que no es otra que la de las Bienaventuranzas!
El reino de Dios es opuesto al reinado de Satanás, que es destructivo, por eso los exorcismos juegan un papel importante: “si expulso demonios con el poder de Dios, es porque el reino de Dios ha llegado” (Lc 11,20 Q). No pueden convivir ambos reinos, como no se puede servir con entrega a dos señores.
De la importancia capital que tenía para Jesús el reino de Dios se deriva su preocupación por los pobres y los marginados; de lo mismo se comprenden sus advertencias acerca del peligro que representan las riquezas, pues jala en el sentido contrario de la fraternidad, del compartir como hermanos e hijos del mismo Dios Padre. Por esa misma razón Jesús era muy crítico en sus relaciones con autoridades judías, pues generaban elitismos exclusivistas y aires de superioridad en nombre de Dios, un dios que no es el de Jesús.
Tanto en su praxis como en su predicación, Jesús dio una nueva clave de lectura de la historia: la centralidad del hombre, sobre todo de los desvalidos, no de los poderosos (como se suele escribir historia, sino desde su “reverso”), destacando que lo que lo hace grande es la primacía del amor, en lo que se resume la voluntad de Dios (Mc 7,15). Es la historia desde los pobres; es la historia del evangelio mismo. En el reino de Dios, los grandes son los humildes, los primeros son los que viven como últimos, los señores son los tenidos como siervos; “derribó del trono a los poderosos y ensalzó a los humildes”. Es la advertencia de Pablo en 1Cor 1,18-29.
Todo esto obedece a una espiritualidad del reino propia de Jesús. Tengamos presente que Jesús estaba convencido de su inmediatez, tanto temporal como local. Él creía que el fin del mundo, el juicio divino, se daría pronto: “...venga tu reino”. Y él estaba convencido de que podía mediar la iniciación de la realización de ese reinado de Dios. Lo manifestaba en sus exorcismos y sanaciones, en su prédica y su conducta, poniendo al hombre al mero centro. Jesús se consideró el evangelista del reino de Dios –“evangelista” porque anunciaba esa buena nueva: Dios hará justicia a los pobres e impondrá la rectitud para los tildados de pecadores. De esto hará una lectura desescatologizada el autor del cuarto evangelio y presentará a Jesús como fuente de vida (ya ahora). Es notorio que en este evangelio (Jn), Jesús no predica el reino de Dios, sino que se autopredica, y no pide fe en Dios, sino fe en él: él es el logos, el discurso de Dios, su rostro visible: “quien me ve/oye a mí, ve/oye al Padre”. Es ésta una relectura del significado soteriológico de Jesús, que en mucho se asemeja a la de san Pablo.
La predicación sobre el reino era en términos de salvación, no de juicio, y su tónica era de fiesta, no de ascesis. Conocido es el frecuente recurso a imágenes de banquetes, por parte de Jesús, y su compartir la mesa escandalosamente con marginados. El reino de Dios tiene como objetivo humanizar al ser humano, hasta que llegue a su plenitud. Entrar al reino de Dios no se impone; se propone –Jesús nunca chantajea; a lo sumo advierte.
Jesús es el hombre de la vida por encima de todo, y vida humana en pleno sentido. No hay lugar en Jesús para una visión atemporal de la salvación, o dos mundos, uno natural y otro sobrenatural, contrapuestos –Jesús no estaba tras la salvación de almas, sino de personas, y aquí y ahora; es entrar en el reino de Dios ya. Es diferente de la visión griega del tiempo y del mundo, con sus abstracciones. Con el paso del tiempo se empezó a hablar de la salvación del alma, y como resultado se fue olvidando la dimensión comunitaria, social e histórica del hombre. Como consecuencia la salvación se entendió como una cuestión del “alma”, interior y estrictamente personal. El seguimiento de Jesús, en cambio, significa salvar personas creando comunidades liberadas de (medio) y para (meta)... ser pescadores de hombres que se abran al reino de Dios. El reino de Dios por su misma naturaleza construye comunidad, la de los discípulos de Jesús. Es la comunidad de los “hermanos, hermanas” de Jesús (Mc 3,32ss).
Jesús no llamó a seguirle para cultivar una piedad individual e interior, o para recibir lecciones sobre la Ley y las tradiciones, sino para formar comunidad, pero tampoco una comunidad a espaldas de los conflictos sociales reales. La escatología de Jesús tenía más que ver con el futuro del pueblo de Dios en la sociedad que con la vida trans­histórica de cada individuo, y ese futuro lo veía en relación directa a la instauración del reino de Dios. Por eso el reino de Dios es una realidad primeramente intrahistórica, terrenal, y social. El reino en “el cielo” es el paradigma y la meta del reino de Dios, es su plenitud.
Por otro lado, hablar de un “reino de Dios” era usar una expresión de indiscutible contenido político. Si no el término mismo, el concepto era el que abanderaban los profetas, especialmente los preexílicos. No olvidemos que en ese mundo lo político y lo religioso eran inseparables: las realidades religiosas inciden, si no incluso determinan directamente en las cotidianas, como es obvio en el papel que jugaba la Ley y las tradiciones rabínicas –por eso no era necesario que Jesús invocara expresamente aspectos políticos (como se suele objetar), pues lo hacía por el lado más radical y sagrado, el religioso. Criticar a las personas con poder es entrar en el campo de la política. Proponer restablecer la formación de un pueblo de Dios según los cánones del reino de Dios, era (y es) entrar en política. Anunciar la cercanía del reino de Dios era tácitamente cuestionar la legitimidad del poder que se presenta en nombre de Dios, pues es anunciar un cambio de “gobierno”, lo que obviamente constituye una posición de corte político. Hablar de una sociedad igualitaria, de fraternidad sin dominaciones, comunión de bienes (Hch 2,42ss; 4,31ss), tiene un sabor socialista, diríamos hoy. Así lo entendieron las autoridades que por eso decidieron su ejecución –la cruz era, además, un castigo por causas de orden político (“rey de los judíos”). El discípulo no puede hacer menos que Jesús: debe buscar activamente establecer el reinado de Dios en el mundo, y hacerlo de modo claro y expreso, cueste lo que cueste, sin miedo a la muerte. Para tener parte en el reino de Dios el requisito fundamental es el desprendimiento, no por ascesis sino para compartir: “vende lo que tienes, dalo a los pobres, entonces ven y sígueme”.
En resumen, “la espiritualidad” expuesta por Jesús no era de carácter individualista, sino eminentemente social, orientada hacia la vida en comunidad. No había, por eso, lugar para un orgullo de una perfección o una santidad adquirida. A Jesús mismo no lo encontramos ocupado expresamente con su perfección o su santificación, –afirmar que no lo necesitaba por ser Dios implica que su humanidad era falsa– ni con la de los demás. Ha sido la posterior influencia griega la que centró la atención en el individuo, su interioridad y su perfección personal, al margen de la comunidad; se enfatizó la ascesis como práctica, y luego la fuga mundi como camino a la santidad, dedicados a la imitación de las supuestas “virtudes de Jesús”. El dualismo neoplatónico contribuyó mucho a la teología de los primeros siglos, oponiendo cuerpo y alma, materia y espíritu. En cambio, Jesús invitaba a que lo sigan, es decir que, al igual que él y junto con él, se dediquen a la misión de anunciar la cercanía del reino de Dios con palabras y obras, expulsando demonios y sanando enfermos. No llamó para dedicarse a la contemplación –si bien ésta es parte de la relación con Dios (transfiguración)– sino a ser “pescadores de hombres”.
La espiritualidad de Jesús era la espiritualidad del reino de Dios, que más concretamente es la espiritualidad de las Bienaventuranzas (asunto que por espacio no elaboro). Para Pablo lo será el vivir “en Cristo”, el “tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”, y por ello insistía en sus cartas en la correlación entre el indicativo (fe en Jesucristo) y el imperativo (praxis coherente con esa fe, que es compenetración con la persona de Jesús). Esta coherencia entre indicativo e imperativo es la que caracteriza la predicación de Jesús del reino: hacía lo que decía, practicaba lo que predicaba. En efecto, la praxis de Jesús revela su espiritualidad del reino.
Uno de los rasgos conductuales de Jesús era su sensibilidad hacia los pobres, marginados, excluidos, así como su compasión hacia los agobiados por el sentimiento de culpa. Esto no era común en su tiempo, por eso fue admirado por el pueblo –y criticado por las autoridades. Esa sensibilidad viene “del alma” de Jesús, de vivir la compasión de Dios su padre. Era poco común entonces porque la espiritualidad judía tenía como foco de atención la Ley y el culto, no el hombre.
Otro aspecto muy elocuente de la conducta de Jesús son sus cenas con “pecadores y publicanos”, que nos revelan su preocupación por estos marginados, es decir su rechazo de la discriminación. En esta vena hay que mencionar las parábolas centradas en cenas. Eso obedece a su concepto de Dios como padre de todos, que busca la oveja perdida y celebra su hallazgo. Pero también acogía a personas socialmente marginadas, como los niños y las mujeres, tenidos por ciudadanos de tercera. Por cierto, elocuentes son sus “milagros” a favor de sufrientes, anteponiéndolos a la santidad del sábado.
Es notorio que Jesús no estuvo preocupado con cuestiones cultuales, ni con las sinagogas o el Templo. Las leyes tan importantes (por ser de identidad) de pureza ritual las pasaba por alto si eran motivo de discriminación. Igual en relación al sábado. La praxis de Jesús era marcadamente humanitaria, y todo lo hacía en nombre de Dios. Su solidaridad con los hombres está sintetizada en la expresión “hijo del hombre”. ¿Por qué? ¿Qué idea de Dios tenía?
El Dios de Jesús
Jesús era el exegeta de Dios. Esa “exégesis” la hacía en y mediante su vida, de palabra y sobre todo de obra. Eduard Schweizer calificó a Jesús como “la parábola de Dios”6. Por cierto, no es una exégesis teórica, sino vivida y vivencial. De hecho, Jesús no se dedicó a especular, teorizar o indoctrinar sobre la naturaleza de Dios. Vivió a Dios, como con un padre. Por eso hacía visible a ese Dios: curaba, perdo­naba, acogía, buscaba. Se oponía a todo lo que en nombre de Dios tuviese sabor a constricción, esclavitud, “fetichismo”. El de Jesús es un Dios de la libertad y liberador. Porque así lo vivía, Jesús actuaba en ese espíritu aun pasando por alto preceptos –y era acusado de blasfemo pues cuestionaba al dios del culto, del templo, de la ley y las tradiciones inhumanas. Dios no está encerrado ni en el templo ni en leyes, ni está sujeto a ritos y costumbres (cf. parábola del fariseo y el publicano). Dios no necesita intermediarios ni mediaciones.
La tradición ha preservado un vocablo de referencia de Jesús a Dios: abba7. En sí es elocuente, por la familiaridad atrevida que supone. Un dicho que tiene en esencia aire de remontar a Jesús es Lc 10,22 (Q): “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre; y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”. Es la relación de conocimiento mutuo como el que tienen un padre y un hijo. Su relación con Dios como abba, significa que él se tenía en actitud de hijo. Como tal, es actitud de confianza pero también sumisión a su voluntad: “Abba, todo te es posible. Aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mc 14,36).
De la imagen de Dios como padre, se entiende la importancia de la compasión, del perdón, del mandato del amor como central. Si es padre no admite discriminaciones y busca a los hijos perdidos para hacerlos participar de sus gozos. De aquí el espíritu alegre, festivo, humano de Jesús. No estamos simplemente ante enseñanzas, sino ante proyecciones de su propia vivencia. Su ética, su actitud frente a la Ley, su priorización del hombre, tienen su origen en su relación personal con Dios como con un padre.
La parábola del padre bondadoso (Lc 15,11ss) expresa la convicción de la bondad de Dios que tenía Jesús. Por ser así su Padre, un rasgo de la espiritualidad de Jesús era su compasión (generalmente traducida por misericordia, que supondría una actitud de superioridad, y un motivo moral o ético), reiterada en los evangelios; “sean compasivos como su Padre es compasivo” (Lc 6,36) –esa es su imagen de Dios Padre– que recuerda la exigencia veterotestamentaria “sean santos como Dios es santo” (Lv 19,2). Com-pasión, cuya raíz semítica viene del sustantivo entrañas, es un sentimiento conducente a una conducta consecuente (com-pasión = sentir con el otro; lo que el otro siente). Compasión es un sentimiento maternal (ya lingüísticamente, entrañas), que connota el don de la vida, cuidado, protección. Así era Dios para Jesús, y así se comportaba él mismo.
Lo propio de Jesús no era ni la doctrina ni la ética como conceptos, sino más bien la confianza manifiesta de distintas maneras, tanto cara al prójimo como a Dios. No son propios de él los mandamientos, que todos se encuentran ya en el AT, ni siquiera aquel del amor (cf. Lev 19,18), sino que anunciaba el amor de Dios a los hombres, del cual debe proceder como respuesta y motivación la ética: sean perfectos/compasivos como perfecto/compasivo es su padre celestial.
Por ser Dios “padre”, Jesús se sentía y actuaba como persona libre. Era libre porque su centro de atención era Dios padre y su voluntad que es liberadora, humanizante. Fue su grandiosa libertad de actuar, pensar y hablar la que finalmente le costó a Jesús la vida, por no jugar con las sacrosantas reglas prefijadas. Esa libertad suya no fue de rebeldía o por una actitud liberal per se, sino porque lo prioritario era la voluntad de Dios, voluntad de amor, de misericordia, que antepone al hombre a cualquier coacción contraria.
La libertad de Jesús frente a los imperativos de la Ley y las tradiciones, le permitía vivir una relación de fe auténtica, desde su interior y por libre opción, como lo es la del amor, cara a su Padre. La libertad de Jesús, claramente manifiesta particularmente en su estilo de vida y su comportamiento con los demás, por no mencionar frente a la religión en sus expresiones formales y oficiales, es algo a menudo olvidado cuando se habla de Jesús8. Su importancia radica en que pone de manifiesto cuál es la verdadera religión. La libertad de Jesús es la denuncia más fuerte que se puede hacer contra nuestros egoísmos disimulados, refinadamente camuflados bajo apariencias de amor y fidelidad a las normas, a las tradiciones, a las instituciones de todo tipo. Y es que las instituciones, incluidas las religiosas, tienden a convertirse en fines en sí mismas, exigiendo (sus guardianes) culto y sacrificios para alimentarlas, por tanto esclavizan al hombre en su favor, de modo que trastocaron su razón de ser: en lugar de servir exigen ser servidas, además de buscar afianzar y ampliar su poder. Se presentan como “la voluntad de Dios”. Por oponerse a esos mecanismos y esa ideología (cf. Mt 23), Jesús entró en conflicto con determinadas instituciones.
Por ser libre, la espiritualidad de Jesús es optimista y alegre, no es de ayunos ni ascetismo –se contrasta con el Bautista: “¿Por qué no ayunan tus discípulos cuando ayunan los discípulos de Juan y los de los fariseos?” (Mc 2,18s). “Este es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores” (Lc 7,34 Q).
El Cordero pascual
Muy elocuente en cuanto al sentido de la vida de Jesús, y por tanto a su espíritu, es el capítulo de su Pasión. No en vano ocupa más espacio que otros episodios, tanto en los evangelios como en la predicación de san Pablo. Me limitaré a unos pocas observaciones relacionadas a la espiritualidad de Jesús.
Más que de cruz deberíamos hablar de crucifixión, incluso del crucificado, pues el centro de atención es él. A menudo “cruz” pasa a ser simplemente un símbolo representativo teológico asociado al pecado, y abstraído del hecho de la crucifixión de Jesús como tal, y de sus causas inmediatas y reales: su praxis. Tanto el hecho de tratarse de una condenación a muerte, como el modo en que fue ejecutado, son reveladores. Fue ejecutado por algo que en su vida era tenido como amenazante, inaceptable. Y fue ejecutado con el suplicio aplicado por los romanos a revolucionarios y esclavos. Fue ejecutado por lo que vivía. Lo más dramático es que su presentación del reino de Dios había encontrado resistencia fatal precisamente de parte de aquellos que decían defender a Dios.
La de Jesús fue una PROexistencia; así fue toda su vida, no sólo su muerte. Por lo mismo, al hablar de la muerte de Jesús es imperativo destacar la libertad con la que asumió su destino violento. Tan libre que sólo la violencia homicida podía ponerle fin. Libre porque seguro de su posición y proyecto. Libre por su particular relación de fe con su Padre. Libre porque era plenamente humano –y esa libertad la proponía a los hombres, con palabras y con hechos. Y libre ante la Ley, ante quienes pretendían dictar la vida de los otros en nombre de Dios. El suyo no era sólo un actuar libre, sino una actitud abiertamente crítica frente a tales pretensiones...
Tres observaciones. Primero, no hay cruz sin crucificado, y éste lo fue por algún motivo relacionado a su vida. La cruz sintetiza su vida. No era el cumplimiento de una predestinación o de un plan divino, sino de la libertad y decisiones humanas. No era una especie de suicidio. Segundo, no fue por la forma de morir por la que Jesús nos abrió el camino a la salvación, sino por el hecho de dar su vida hasta el final en su proyecto de sembrar la semilla del reino de Dios –su “pro-existencia” (H. Schürmann). Correlativamente, la salvación no es debida al dolor o los sufrimientos que tuvo Jesús –mucho mayores y prolongados se ven en hospitales! Tercero, la cruz no es el capítulo final, sino la resurrección, mediante la cual Dios reivindica a Jesús, y con ello su predicación, dando fe de que la espiritualidad de Jesús es la auténtica.
¿Espiritualidad de la cruz? Mc 8,34 presenta a Jesús invitando a la gente a seguirlo, pero un requisito es que “cargue con su cruz”. En Lc 14,27 se advierte que “Quien no carga con su cruz y viene tras mí no puede ser mi discípulo”. No es la cruz como dolor en sí y por sí. No hay sadismo. Esos textos van seguidos de anuncios de la Pasión. Si vemos bien los textos citados, que son clave, tendríamos que decir que no hay una espiritualidad “de la cruz” sino “del seguimiento del crucificado”. No es cuestión de pasividad, resignación, o masoquismo. Menos es cuestión de buscar la cruz. Estamos hablando de la cruz en cristiano, es decir del seguimiento de Jesucristo con todas sus consecuencias. Y ese seguimiento es el camino del amor: la cruz viene por vivir el amor al estilo de Jesús –recordemos las advertencias sobre persecuciones a los discípulos en Mt 5,10ss; 10,23; Lc 21,12; Jn 15,20.
En resumen, la espiritualidad de Jesús se alimenta y brota de su comunión con Dios, que entiende como su padre, abba. El autor del cuarto evangelio asegura por boca de Jesús a los discípulos que al Espíritu “ustedes lo conocen, porque permanece con ustedes y en ustedes estará” (14,17), ese “Espíritu santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará cuanto les he dicho” (14,26). Por lo mismo, una espiritualidad que pretenda ser cristiana tendrá que comulgar con la de Jesús. Por eso, la espiritualidad de su discípulo, será de sumisión a la voluntad de Dios tal como Jesús la reveló; será una espiritualidad de filiación (con Dios) y de fraternidad (con los hombres, especialmente los más relegados); será una espiritualidad de la libertad en la amplitud de su sentido (vea Gálatas). La espiritualidad de Jesús había estado orientada a rescatar al hombre del “reino de Satanás” en sus múltiples manifestaciones. Era la espiritualidad del reino de Dios, que es el reino entre los hombres. Es espiritualidad de Jesús aquella que está guiada por el mismo espíritu que guiaba a Jesús, que era el de la compasión, la solidaridad y la verdad.

1  Geschichte der Leben-Jesu Forschung, Tubinga 1913; más recientemente, B. Sesboüé, Imágenes deformadas de Jesús, Bilbao 1999 (el título original es más claro: Jésus- Christ à l’image des hommes).
2  E. Arens, Christopraxis, Minneapolis 1995.
3  J. Moltmann, El camino de Jesucristo, Salamanca 1995, cap. III.
4  Vea al respecto J.M. Castillo, El discernimiento cristiano, Salamanca 1984.
5  Cf. J.M. Castillo, Reino de Dios, Bilbao 2000.
6  Jesús, parábola de Dios, Salamanca 2001.
7  J. Schlosser, El Dios de Jesús, Salamanca 1995.
8           Cf. Ch. Duquoc, Jesús hombre libre, Salamanca 1975.



Fuente:  http://www.memoriayprofecia.com.pe/img_upload/82d48eec48aff81e1ca433effc5894ea/Reflex_arens.doc

3 comentarios:

  1. Como puedo Afiliarme a Dios?
    Que es todo lo que tengo que Hacer?
    Es que acaso estamos en el infierno y Jesus Vino para mostrarnos el Camino para salir?
    Gracias

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