martes, 19 de enero de 2010

CARISMAS ESPIRITUALES Y ORGANIZACIÓN COMUNITARIA ENTRE LOS PRIMEROS CRISTIANOS

Conferencia del Dr. Francisco García Bazán
al incorporarse como miembro correspondiente a la
Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas,
en sesión pública del 23 de abril de 2008

Apertura del acto a cargo del
académico Vicepresidente  en ejercicio Isidoro J. Ruiz Moreno


En la sesión pública de esta tarde, la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas se complace en incorporar, como nuevo Miembro Correspondiente, al Dr. Francisco García Bazán, quien se referirá al tema “Diversidad en la unidad: carismas espirituales y organización comunitaria entre los primeros cristianos”, luego de su presentación a cargo del académico de número Jorge Emilio Gallardo.

Reciba Usted el diploma que lo acredita como miembro correspondiente de esta Corporación.


Palabras de presentación a cargo del
académico Jorge Emilio Gallardo


Hace treinta años, mientras en la casa de Victoria Ocampo se desarrollaba un Diálogo de las Culturas convocado por la UNESCO, recibí en La Nación, por separado, las visitas de tres participantes en aquella calificada asamblea que había organizado el Dr. Víctor Massuh. Uno de ellos fue el español Francisco Ayala y otro el francés Roger Caillois; ambos antiguos colaboradores del Suplemento Literario. El tercero que deseo mencionar era español de nacimiento y nacionalizado argentino. Me refiero al malagueño Francisco García Bazán, que asistió a aquel Coloquio y fue conducido por el poeta Horacio Armani hasta aquel escritorio de la vieja casa de La Nación con ventanas sobre la calle San Martín y cuya mesa de trabajo con forma de riñón había sido diseñada por el director de ese prestigioso Suplemento Literario don Eduardo Mallea y heredada por su sucesor, don Leonidas de Vedia. En aquella habitación histórica donde todavía se hacía presente Borges para entregar textos cuyas pruebas pasaba días más tarde a corregir nos conocimos, pues, con el joven Dr. García Bazán, ya erudito, sin duda, y también amigo generoso.
Dado que fue posible implantar en el Suplemento Literario una visión cultural amplia y dada la necesidad de abrir puertas a nuevos colaboradores, con alarma de quienes ya lo eran, en aquellas páginas se instaló de la manera más natural la presencia asidua de este joven que desde su ya alta versación abría a su vez ventanas a las mentes de los lectores y los sorprendía con atisbos de su cosmovisión eminentemente cultural. Esto era, precisamente, lo que necesitábamos, más allá de las firmas consabidas y reiteradas hasta el cansancio. Su tema de fondo consistía en la gnosis, concepto que, si me lo permite, simplificaré como posible sinónimo de conocimiento. En efecto, nada más lejano del agnóstico que el gnóstico, el conocedor, pero el Dr. García Bazán, que ya por entonces, como hoy, era convocado a la televisión para esclarecer sobre asuntos religiosos, solía ser presentado por los locutores como un gnóstico, afirmación que él se apresuraba en cada caso a disipar, al tiempo que reclamaba su identidad de estudioso. ¡Vaya si el suyo era el campo del conocimiento, y vaya si continuaría siéndolo durante muchos años!

Nació en Málaga en 1940, emigró a nuestro país en 1956, se naturalizó argentino, se casó con doña Amalia Romana Marioni y fue entre nosotros padre y abuelo múltiple. Se licenció en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, fue discípulo del padre  Antonio Orbe en la Universidad Gregoriana de Roma y se doctoró en la Universidad del Salvador. Se volvió tan conocido dentro como fuera de nuestro país, se especializó en las relaciones entre el cristianismo primitivo y la filosofía antigua y alcanzó el grado de  Investigador Superior del CONICET. Es decano del Departamento (Facultad) de Filosofía de la Universidad Argentina J. F. Kennedy, en la que enseña, cuyo claustro de graduados preside y donde dirige el Centro de Investigaciones en Filosofía e Historia de las Religiones (CIFHIRE). Conduce las revistas altamente especializadas Epiméleia y Diadokhé. Entre sus editores se cuentan entre nosotros y Europa De Palma, Gredos, Biblioteca Nueva y Trotta. Su obra La esencia del dualismo gnóstico, un verdadero tratado, amplió su nombre en los círculos académicos del mundo. Como coeditor le debemos los tres tomos de Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi, y en la misma condición El estudio de la religión (Enciclopedia Ibero Americana de Religiones, I). No enumeraremos su extensa bibliografía. Como autor, entre sus libros recientes se cuentan Presencia y ausencia de lo sagrado en Oriente y Occidente, Aspectos inusuales de lo sagrado, traducido al portugués y La gnosis eterna, I. Recientemente irrumpieron también en las librerías varios de sus títulos destinados a esclarecer el debate planteado en materias de exégesis bíblica.
En 1976 recibió la recompensa Joven Sobresaliente en la misma ocasión en que le fue concedida al doctor Gregorio Badeni. En 1990 le fue otorgado el Premio Consagración de la Provincia de Buenos Aires, en 1996 el Konex de Metafísica y en 2003 el Premio Bernardo Houssay de la Secretaría de Ciencia y Técnica. Es uno de los dirigentes de la Academia Provincial de Ciencias y Artes de San Isidro, que preside el doctor Raúl M. Crespo Montes.
Pero a dichas enumeraciones, probablemente frías e incompletas, es fundamental añadir el elogio por la visión cálida que su espíritu proyecta en cada obra. En particular, y al margen de mi incompetencia para valorar la complejidad de sus estudios sobre remotos textos  sagrados, permítaseme señalar que he apreciado la originalidad de sus enfoques, la independencia y permanente valentía con que los expuso, la profundidad analítica con que investigó el complejo tejido de los fenómenos religiosos tanto actuales como del neoplatonismo a los Vedas, e incluso sobre la identidad trascendental de los números, con una intuición que le permitió ir siempre más allá.

Respetado Académico Correspondiente de esta casa: como autor, como profesor, como director de tesis, ha aplicado usted en la práctica el mejor homenaje al método fenomenológico, por lo que antes de ahora, y lo reitero, me he permitido vincular lo propio de su perspectiva, tanto como la oportunidad de su planteo, con virtudes del eminente clásico G. van der Leeuw, autor en 1933 de la edición alemana del célebre volumen Fenomenología de la religión, un tesoro conjunto de erudición, intuición y síntesis. Por todo esto la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas cumplió un acto de justicia al designarlo su Académico Correspondiente, y yo agradezco la honrosa obligación de tributarle hoy en su nombre la más cordial bienvenida.


DIVERSIDAD EN LA UNIDAD:
CARISMAS ESPIRITUALES Y
ORGANIZACIÓN COMUNITARIA
ENTRE LOS PRIMEROS CRISTIANOS

Por el académico correspondiente DR. FRANCISCO GARCÍA BAZÁN

No estará de más comenzar la exposición refiriéndonos al cristianismo antiguo y la diversidad de sus corrientes con unas cortas aclaraciones que sirvan de introducción. De acuerdo con el Liber pontificalis (s. IV) el obispo de Roma Higinio -que tuvo su sede episcopal del año 138 al 142- no sólo fue filósofo, sino que fue también el dignatario que organizó al clero romano jerárquicamente. Es decir, que el episcopado monárquico en parte insinuado en su antecesor Telesforo (125-136), tiene en este momento posterior su punto de partida histórico decisivo. Los obispos anteriores, en cambio, si seguimos el orden tradicional de sucesión de las listas romanas: Pedro (+ en el 64), Lino (66-78), Anencletos (79-91), Clemente I (91-101), Evaristo (100-109), Alejandro I (109-116), Sixto I (116-125) y el mencionado Telesforo, fueron todos miembros y partícipes de una forma de gobierno presbiterial o episcopal colegiado. Sucede en la Iglesia de Roma espontáneamente durante más de un siglo, lo que acontecía en Jerusalén antes del año 52, cuando Pablo de Tarso puntualizaba a sus destinatarios de Galacia, en la Epístola a los gálatas 2,9: «Y reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas (stylos), nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé: nosotros nos iríamos a los gentiles y ellos a los circuncisos». Es decir, que la dirección y el gobierno de la Iglesia en Jerusalén eran sustentados por tres cabezas, piezas arquitectónicas fundamentales de la Iglesia local como templo de Dios y como los plenipotenciarios de la comunidad jerosolimitana. Se trata de los guías visibles de un grupo de judeocristianos, una tríada constituida por un familiar terrestre de Jesús el Nazareno, Santiago, el que será ejecutado a instancias del sumo sacerdote Anán en el año 62, y de dos discípulos relevantes cabezas de las corrientes protocatólica y juanina, respectivamente. La convivencia entre diversas tendencias espirituales manifestadas en sus líderes inspirados no representaba problemas. En torno a la década de los 70 sí se advierte en la construcción narrativa del Evangelio de Mateo una tendencia doctrinal al gobierno unipersonal. Lo que se muestra cuando se vincula estrechamente la profesión de fe de Pedro en el Cristo a su primado justificado en el juego de palabras “Pedro piedra” de la crónica de 16, 13-20:
«Simón Pedro le contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Tomando, entonces la palabra Jesús le respondió: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne y la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro (Pétros), y sobre esta piedra (pétra) edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré la llave del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos. Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo”».
    En realidad, el motivo original de las “llaves” no se refiere al poder, sino a la sabiduría, por eso los pasajes paralelos de los Evangelios de Lucas y de Marcos hacen sólo referencias a la profesión de fe de Pedro y omiten las notas de la mutación de nombre, “Simón-Pedro” y el juego de nombres “Pedro-piedra”, recurso retórico que contiene implícito el mensaje del primado petrino con todas sus posteriores consecuencias eclesiásticas a lo largo del tiempo. Y lo explicado, no podía ser de otra manera, ya que la preocupación por el establecimiento de una estructura grupal en la que la transmisión de la enseñanza acompañe a la organización jerárquica de la comunidad, es un rasgo que es propio tempranamente del grupo de Mateo y que, por lo tanto, transparece en el texto de este Evangelio.
Y si vamos un poco más atrás, comprobamos que nada dice de forma directa el Documento Q –que hipotéticamente subyace a los textos de Lc y Mt como reunión de palabras del Señor utilizadas por predicadores itinerantes por la región de Galilea-.
La sentencia 13 del gnóstico y arcaico Evangelio de Tomás con paralelos asimismo con la profesión de fe en el Cristo, nada afirma sobre el poder atribuido a Simón Pedro, aunque sí remite a la llave de la sabiduría en paralelo con los textos evangélicos que tienen que ver con el tema de la “llave del conocimiento” que abre y cierra el Reino de los Cielos, clave que se habían apropiado los fariseos y escribas, cuya posesión no abandonan y que ni entran ni dejan entrar en el Reino de los Cielos (Mt 16, 23ss; Lc 11, 22), lo que incita a la maldición que Jesús como Maestro les dirige y que ofrece un tema cuyo contenido y cuyo fondo es inocultablemente sapiencial. Por eso el Evangelio de Tomás también llega a expresar lapidariamente:
«Dice Jesús: “Los fariseos y los escribas recibieron las llaves del conocimiento y las han escondido. Ni han entrado, ni han dejado entrar a los que querían”» (NHC II, 2, 39, 1-2).
Es decir, que el asociar la temática sapiencial de la “llave del conocimiento” y la posibilidad de acceso al Reino de los Cielos con el recurso de la jerarquía comunitaria y de este modo con el gobierno monárquico es una preocupación surgida del testimonio del Evangelio de Mateo y de la comunidad que lo trasmite, una tendencia que, por otra parte, apoya el Evang. de Lc. cuando hace decir a los Once: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón» (Lc 24, 34), frente a Mc y Jn que afirman que primero el Resucitado se apareció a María Magdalena (Mc 16, 9; Jn 20, 11), corriente que adquiere especial sustantividad en la colectividad cristiana de Roma anticipada con menos decisión por la de Antioquía desde donde proviene Pedro. La comunidad cristiana de Roma que es de viejo origen judeocristiano y sobre la que tendrá una clara y particular influencia posteriormente la doctrina paulina, como lo ratifica la noticia del historiador judío Flavio Josefo en torno a los años 90 en sus Antigüedades judías 18, 63-64, al proveer una noticia sobre Jesús, el Mesías, y sus seguidores, cuya información ha tomado con toda certeza de las creencias de los mismos cristianos de Roma. Esta comunidad romana es la misma cofradía de creyentes en rápido crecimiento que fue perseguida por Nerón por su fama de christianoi=”agitadores” y que sostendrá que Pedro viniendo de Antioquía ha sido el primer Obispo de Roma llevando consigo las llaves del Reino. El Obispo Clemente I muy escaso tiempo después se hará eco de estas convicciones comunes actuando como secretario presbiterial en la Primera de Clemente 5, 2-3 al presentar ante los corintios a “los santos Apóstoles Pedro y Pablo como máximas y justísimas columnas de la Iglesia” –el vocabulario arcaico nos es familiar, aunque sus transformaciones restrictivas son nuevas- que han sufrido en Roma persecuciones y el martirio. Y la doctrina alcanza su madurez de ideología monárquica con el obispo Higinio, como se ha dicho.1
                                                             II
Nos encontramos, entonces, en buenas condiciones para tratar de internarnos en el núcleo de la exposición que es la que tiene que ver con el «Cristianismo primitivo y la etapa de transición hacia el gobierno monárquico de la Iglesia» y que lleva desde el predominio de los carismas colectivos y personales hasta el gobierno eclesiástico ministerialmente organizado, lo que asimismo permite advertir que la diversidad reinante -y posteriormente diluida- en las primeras etapas del cristianismo tanto fue de índole doctrinal como en relación con la transmisión de los ritos y de las estructuras de autoridad espiritual. En primer lugar es necesario profundizar un punto que es particularmente oscuro y escasamente estudiado respecto de la comunidad o comunidades cristianas más antiguas –posiblemente parejas o grupos itinerantes- y la naturaleza de la constitución carismática de las asambleas cristianas primitivas una vez que los grupos se asentaron.
    De este modo san Pablo en torno a la primavera del 55 dirigiéndose a los cristianos de la ciudad de Corinto es explícito reflejando al mismo tiempo la dificultad del control de una comunidad fundada en los dones del Espìritu, cuando les escribe: «Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte. Y así los puso Dios en la Iglesia, primeramente, como apóstoles; en segundo lugar, como profetas; en tercer lugar como maestros; luego el poder de los milagros; luego el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, de diversidad de lenguas»2. Afirma de este modo que la función profética y la infusión del espíritu profético en sus diversas formas espontáneas han ocupado el centro infalible de las asambleas y que su organización es posible, siempre que no se traicione su libertad, y que el pasaje hacia la jerarquización comunitaria estática en la que las instituciones del presbiteriado, episcopado y diaconado se han ido expandiendo con manifestaciones espirituales no tan directas también era posible (v.g., entre los tesalonicenses y gálatas). Por esta razón el mismo Pablo un poco después en la misma epístola se ve obligado a dar una explicación analítica sobre la jerarquía de los carismas más elevados y de valor más prominente, pero en relación con la utilidad del conjunto cuya vitalización es esencial: «Buscad la caridad [es el fin más general]; pero aspirad también a los dones espirituales (tà pneumatiká), especialmente a la profecía. Pues el que habla en lenguas (lalôn glósse) no habla a los hombres, sino a Dios. En efecto, nadie lo escucha (akoúei), dice en espíritu cosas misteriosas (pneúmati…mystéria). Por el contrario, el que profetiza, habla a los hombres para su edificación (oikodomé), exhortación y consolación. El que habla en lenguas se edifica a sí mismo, el que profetiza, edifica a toda la asamblea (ekklesía). Deseo que habléis todos en lenguas; prefiero, sin embargo, que profeticéis. Pues el que profetiza, supera al que habla en lenguas, a no ser que también interprete (hermeneúei), para que la asamblea reciba edificación»3. El hablar la lengua del Espíritu, la lengua exclusivamente espiritual en la que los ángeles hablan con Dios y que de este modo es el único instrumento apto para expresar los misterios celestiales, es una singularidad extraordinaria, un don del Espíritu en la lengua, un milagro filológico. Y esto se confirma  asimismo en Hechos 10, 45-46 en la escena de Pedro en la casa de Cornelio un no judío: «Pues el Espíritu Santo cayó sobre ellos (= los paganos), pues (los circuncisos) les oían hablar en lenguas y glorificar a Dios», una descripción equivalente a la noticia anterior se ofrece en Hechos 2, 4 y después en 19, 6 en Éfeso con discípulos de Juan el Bautista, como comprobación también de la irrupción colectiva del Espíritu: «Y habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres». Y en el Evangelio de Marcos 16,17 se hace presente el mismo tema: «Estas son las señales que acompañarán a los que crean en mi nombre, expulsarán demonios, hablarán en lenguas, tomarán serpientes en sus manos…». Pero un contemporáneo de Jesús y en el mismo cauce de la cultura judía en lengua griega, Filón de Alejandría escribe en Sobre las leyes particulares IV,49: «Porque un profeta no hace en absoluto ninguna revelación a título personal, sino que es mero intérprete de Otro, que le dicta todo cuanto él expone, durante el tiempo en que está poseído de divina inspiración, sin que se percate de ello, mientras su discernimiento se haya desterrado de él, habiendo cedido la ciudadela de su alma al divino espíritu, quien instalado en ella y tomándola por residencia, pone en funcionamiento todo el aparato vocal y le dicta las palabras que expresan con claridad las cosas que profetiza»4. Sólo entre los gnósticos, en pequeñas comunidades esotéricas a semejanza con los misterios helenísticos encontramos posteriormente la conservación de esta tradición cristiana anacrónica, por el uso de nombres místicos y el recurso al respaldo de ciertos profetas y profetisas de exóticos nombres en los que basaban sus revelaciones como Barcabbas, Barcof o Filomena, según sostienen Basílides, su hijo Isidoro y Apeles; y testimonian lo primero, el uso de palabras ocultas, el Libro del gran Espíritu Invisible, Sobre la Ogdóada y la Enéada, Marsanes y Libro del gran discurso iniciático. Pablo, sin embargo, consciente del crecimiento actual y futuro de las reuniones de los cristianos y con su intención en otra parte, les insiste a los convertidos de Corinto que el discurso espiritualmente inspirado debe ser inteligible, para que sea útil a los más y si se aspira a los dones espirituales, se debe procurar que sean para el bien de la asamblea5. Se nota que en este aspecto el Apóstol de los Gentiles advierte en los cristianos de Corinto una peculiaridad de naturaleza extática que es habitual y bastante usual en su cultura religiosa, y no la condena frontalmente, pero prefiere adaptarla para la comunidad. Por eso aconseja: «el que habla en lenguas, pida el don de interpretar. Porque si oro en lenguas, mi espíritu ora, pero mi intelecto (noûs) queda sin fruto»6  y si no unifico cantando salmos el espíritu con el intelecto, el simple que no sabe (idiótes), dirá “amén”, pero sin participar con el entendimiento en la acción de gracias. (15-19). Sed, por lo tanto, profetas antes que habladores en lenguas, para que no os tomen por locos (maínesthe) los simples y los incrédulos. De este modo Pablo formula reglas prácticas para el uso de los carismas: Todo lo que salmodiéis o digáis sea para la edificación. Si se habla en lenguas que no sean más de tres, por turno, y con un intérprete, si no, haya silencio en la asamblea. Los profetas, hablen dos o tres, los demás juzguen. Todos podéis profetizar por turnos, para aprender y animarse, porque “los espìritus de los profetas están sometidos a los profetas”7. Las mujeres cállense en las asambleas, como lo requiere la Ley –es indecoroso que hablen- y que le pregunten a los maridos en casa. No rechacéis el hablar en lenguas ni el aspirar a la profecía, pero todo con decoro y orden (euskhemónos kai táxis)8.                                                                        
   Observamos, pues, –aunque con cuidadosa restricción de las expresiones impetuosas del Espíritu que de ningún modo se condenan- que la actividad profética que abarca los momentos de la función movida por la inspiración, es el eje –un poco descentrado-, pero presente incluso en la línea protocatólica orientada por Pedro como líder según la refiere Lucas y la posición de la apostolicidad sin fisuras de los “Doce” en diversos momentos. En Hcho 1,24-26, con la elección de Matías que se lleva a cabo echando suertes; 6, 2-3, en la convocatoria de los Doce a asamblea (to plêthos) y consideración (episképsasthe) por los hermanos, «de siete varones, de buena fama, llenos de Espíritu y sabiduría, que nombraremos para este cargo (epís tês kreías)», base para la futura institucionalización-. Y los rasgos históricos de esta modalidad afincada en el profetismo bien antigua -pero moderada en su uso- si es posible rastrearse en fecha temprana entre los cristianos, puede comprobarse también su vigencia hasta fines del siglo I en testimonios de los llamados Padres Apostólicos como la Didakhé o Doctrina de los Doce Apóstoles -escrito reconocido como el primer catecismo cristiano-, en un apocalipsis apócrifo arcaico, como lo es la Ascensión de Isaías e incluso un poco más tardíamente en otro libro como el Pastor de “Hermas”, que durante una buena cantidad de años aparecía incluido en el canon de la Iglesia.
    En Antioquía los Hechos de los apóstoles 13, 1-3, registran explícitamente la particularidad pneumática de carácter histórico en la década de los años cuarenta: «Había en la Iglesia de Antioquía profetas y maestros: Bernabé, Simeón llamado Negro, Lucio el cirenense, Manahén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo. Mientras estaban celebrando el culto (leitourgoúnton) del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: “Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado”. Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos (epithéntes tàs kheîras) y los despidieron».
   El mismo libro del Apocalipsis, tardíamente aceptado en el Canon oficial, es considerado en su conjunto una profecía, porque es una revelación sobre “lo que ha de suceder pronto” (2,3; 22,7), en él se dice de Juan, “tus hermanos los profetas” (22,9) e incluso toda la comunidad es considerada profética9.    
    Pero hemos hecho alusión a la Didakhé y si se extractan los pasajes que mayormente impresionan, la Didakhé expresa lo siguiente:
«X.7. A los profetas permitidles que den gracias (eukharisteîn) cuantas quieran. XI.3. Respecto a apóstoles y profetas, obrad conforme a la doctrina del Evangelio. 4. Ahora bien, todo apóstol que venga a vosotros, sea recibido como el Señor. 5. Sin embargo, no se detendrá más que un solo día. Si hubiere necesidad, otro más. Mas si se queda tres días, es un falso profeta (pseudoprophétes). 6. Al salir el apóstol, nada lleve consigo, si no fuere pan, hasta nuevo alojamiento. Si pide dinero es un falso profeta. 7. No tentéis ni examinéis a ningún profeta que habla en espíritu (laloûnta en pneúmati), porque “todo pecado será perdonado”, mas “este pecado” no se perdonará (Mt 12,31). 8. Sin embargo, no todo el que habla en espíritu es profeta, sino el que tiene el modo (toûs trópous) del Señor. Así pues, por el modo (tôn trópon) se discernirá al falso profeta y al profeta. 9. Además, todo profeta que manda en espíritu (hórizon en pneúmati) poner una mesa, no come de ella; en caso contrario, es un falso profeta. 10. Igualmente, todo profeta que enseña la verdad (didáskon ton alétheian), si no practica lo que enseña, es un falso profeta. 11. En cambio, si un profeta se ha probado que es verdadero (dedokimasménos) y se dedica al misterio cósmico de la Iglesia (poiôn eis mystérion kosmikón ekklesías), pero sin enseñar a hacer lo que él hace, no será juzgado por vosotros, pues tiene su juicio (krísin) con Dios. Así, en efecto, lo hicieron también los antiguos profetas (hoì arkhaîoi prophétai). 12. Pero el que dijere en espíritu (en pneúmati) “dame dinero” o cosas semejantes, no lo escuchéis. Sin embargo, si dijere que se dé a otros necesitados, nadie lo juzgue. XII.1. “Todo el que llegare a nosotros en nombre del Señor” (Mt 21,9), sea recibido; luego examinándole, le conoceréis, pues tenéis discernimiento respecto de su derecha y su izquierda. XIII.1. Todo profeta verdadero que quiera morar entre vosotros es “digno de su alimento”...3. Así, pues, tomarás toda primicia (aparkhén) de los productos del lagar y de la era, de los bueyes y de las ovejas, y se las darás como primicias a los profetas, pues ellos son vuestros sumos sacerdotes (arkhiereîs). 4. Mas si no tuviéreis profetas, dadlo a los pobres..., etc....»10. Y se escribe poco después en íntima relación con nuestro tema de exposición, pero con sentido de subordinación:
«Así pues, elegid para vosotros vigilantes (epískopous) y ministros (diakónous) dignos del Señor, que sean hombres mansos, desinteresados, verdaderos y probados, porque también ellos os administran  (leitourgoûsin) el ministerio  (leitourgían) de los profetas y maestros. 2. Por lo tanto, no los despreciéis (hyperídete), pues ellos son los que son honrados por vosotros (hoì tetimeménoi hymôn) junto con los profetas y maestros»11.
    Estos pasajes conservados por la tradición de los PP. subapostólicos marcan escasa diferencia en su mentalidad con la concepción institucional apostólica de la elección de Matías asistida directamente por el Espíritu Santo en Hcho 6 y su relación con los carismáticos itinerantes primeramente mencionados. Éstos  no son elegidos, sino enviados e inspirados, mientras que los “obispos” (= a presbíteros) y diáconos de las comunidades, son elegidos y “honrados” por los servicios que prestan a la comunidad. Lo aquí transmitido es sumamente importante para rescatar ideas que siendo diferentes subyacen en la misma tradición protocatólica, pues mientras que los profetas y maestros unen a los creyentes porque son los canales de la energía vital del espíritu que éstos pueden recibir al unísono, los segundos (superintendentes y ministros) deben ser honrados y considerados, porque la conservan con sus servicios litúrgicos, atención por la comunidad y posiblemente auxilios patronales.12. Éste es un aspecto de la cuestión convenientemente descrito, el más antiguo que une apostolado y profecía con origen concreto en un grupo profético.
    Pero otro documento, la apócrifa Ascensión de Isaías, cuyo estrato más antiguo se conserva en la versión etiópica, que puede completarse por las traducciones latina y eslava que son posteriores, y que mereció tantos desvelos de investigación por parte del Cardenal Eugenio Tisserant, es el reflejo de una comunidad en que muchos de sus creyentes pueden hablar en el Espíritu, por eso su teología es pneumática, pero entra en controversia con otros creyentes que constituyen el grupo mayor y que están dirigidos colegialmente por presbíteros. En este sentido el escrito que conjuga hábitos cristianos de profetismo con rechazos de una autoridad constituida, debe haber surgido en la Iglesia de Antioquía en donde comprobamos por primera vez este carácter conflictivo con anterioridad a su Obispo mártir Ignacio (107) quien parece haber superado el momento, y que la Primera Carta del
Secretario del colegio de presbíteros de la Iglesia de Roma toma anacrónicamente como su situación desde el origen, la que es transmitida por Pedro a la Ciudad de Roma
    Ofrece dos partes la Ascensión de Isaías en su composición. En la segunda parte que abarca los capítulos 6 a 11 son los profetas los que dirigen la liturgia, siendo al mismo tiempo los mediadores de la revelación, en tanto que en los capítulos primeros, de 1 a 5 los profetas se defienden de los “pastores” –quizás los obispos- y de los presbíteros. Los pasajes visionarios atribuidos a Isaías encierran tanta elocuencia y son tan sugerentes, que no nos podemos resistir a facilitar la traducción de algunas partes:
«VI.1 El año vigésimo del reino de Ezequías, rey de Judá, Isaías, hijo de Amós, y Yasub, hijo de Isaías, vinieron desde Galgala a la casa de Ezequías, en Jerusalén. 2. Isaías se sentó sobre el lecho del rey. Se le trajo una silla, pero no quiso sentarse en ella. 3. Cuando Isaías comenzó a intercambiar con el rey Ezequías palabras de fe y verdad, todos los príncipes de Israel se sentaron, lo mismo que los eunucos y los consejeros reales. Había allí cuarenta profetas e hijos de profetas. Habían llegado desde las aldeas, las montañas y los campos, cuando escucharon decir que Isaías había venido de Galgala a la casa de Ezequías. Habían concurrido para saludarlo y para oír sus palabras, 5. y para que les impusiera las manos y que ellos pudieran profetizar y el escuchara la profecía de ellos. Todos ellos estaban de pie ante Isaías. 6. Y cuando Isaías hablaba con Ezequías palabras de verdad y de fe, todos oyeron una puerta que (alguien) abría y la voz del Espíritu. 7. El rey convocó a todos los profetas y a todo el pueblo que se encontraba allí y todos concurrieron: Miqueas, el anciano Ananías, Joel y Yasub estaban sentados a la derecha de Isaías. 8. Sucedió entonces que cuando todos escucharon la voz del Espìritu Santo, se pusieron todos de rodillas y glorificaron al Dios verdadero, al Altísimo, al que está en el mundo muy alto, el que habita arriba, Santo, y que descansa entre los santos; 9. y dieron honra al que había dado semejante puerta en un mundo extranjero y que la había dado a un hombre. 10. Por otra parte, en tanto que él hablaba en el Espíritu Santo y que todo el mundo lo escuchaba, guardó silencio, y su espíritu se transportó hacia lo alto y tampoco veía a los hombres que estaban de pie ante él. 11. Sus ojos permanecían abiertos, pero su boca callaba y el espíritu de su carne había sido transportado hacia lo alto. 12. Pero su soplo estaba en él, pues veía una visión. 13. Y el ángel que había sido enviado para hacerle ver no era de este firmamento y tampoco de los ángeles de gloria de este mundo, sino que había venido del séptimo cielo. 14. Todo el pueblo que se mantenía allí, con excepción del círculo de los profetas, creyó que el santo Isaías había expirado. 15. Además, la visión que vio no era de este mundo, sino del mundo que se oculta a toda carne. 16. Isaías, después que tuvo esta visión, la transmitió a Ezequías y a Yusub, su hijo, igual que a los otros profetas que habían concurrido; 17 pero los príncipes, los eunucos y el pueblo no oyeron nada, salvo Śebna, el escriba, y Joaquín y Asaf, los memorialistas, pues también ellos eran operarios justos y el buen aroma del Espíritu estaba en ellos; pero el pueblo nada oyó, pues Miqueas y Yasub, el hijo de Isaías, lo habían hecho salir cuando la sabiduría de este mundo le había sido sustraida, como si estuviera muerto»13.
    Pues bien, si en el marco de lo dicho la profecía de Isaías va a tener por contenido la ascensión por las seis esferas celestes hasta llegar a la que está sobre el firmamento, la séptima, y la correspondiente descripción de sus dominios; el descenso de Jesús querido por el Padre, la concepción de María y el nacimiento de Jesús a los cuatro meses del anuncio en presencia de José en la casa de Belén de Judá, todo rodeado de una atmósfera docética, sin embargo, el contenido de la profecía de la primera parte es histórico-apologético. Sostiene la visión de Isaías:
«II. 18 Ellos (los doce discípulos) instruirán a todas las naciones y toda lengua sobre la resurrección del Bienamado (ho agapetós), y los que hayan creído en su cruz y su ascensión al séptimo cielo de donde ha venido, se salvarán; 19. y muchos de los que han creído en él hablarán en el Espíritu Santo, 20 y signos y prodigios numerosos tendrán lugar en esos días. 21. Después, cerca de ellos, sus discípulos abandonarán la profecía de los doce apóstoles, igual que su fe, el amor de ellos y su pureza, 22. habrá muchas divisiones a su venida y en su vecindad…23. Y habrá muchos presbíteros inicuos y pastores opresores de sus ovejas y serán rapaces, al no tener pastores santos…26 y el Espíritu Santo se retirará  de un gran número, 27 tampoco en estos días habrá muchos profetas, ni gente que diga cosas sólidas, salvo uno y otro, acá o allá, 28 a causa del espìritu de error, de fornicación, de vanagloria y de amor al dinero, que residirá en los que serán llamados servidores del Bienamado y los que lo recibirán. 29 Y habrá entre ellos un gran rencor de los pastores y presbíteros entre sí; 30. en efecto, habrá una gran envidia en los días postreros, pues cada uno dirá lo que agrada a sus ojos. 31. Y menospreciarán la profecía de los profetas que me han precedido y también mis visiones y las anularán para preferir los eructos de sus corazones»14.
        Unas décadas más tarde, el Pastor de “Hermas” firme en la corriente protocatólica  registra, por su parte, también con rasgos bastante antiguos, aunque con tendencia a la actualización cultural, lo que sigue en Mandamiento 11:
«Mostróme unos hombres sentados sobre un banco y otro sentado sobre una silla, y me dijo: -¿Ves los que están sentados sobre el banco? – Los veo, señor- le contesté. –Esos, me dijo, son creyentes, y el que está sentado en la silla es un falso profeta, que destruye la mente de los siervos de Dios; mas destruye la de los vacilantes (dipsýkhon), no la de los fieles de verdad. 2. Ésos, pues, los vacilantes, acuden a él como un adivino (mántin) y le preguntan sobre lo que les va a suceder; y él, el falso profeta, como quien no tiene en sí nada de fuerza de espíritu divino (medemían ékhon en autô dýnamin pneúmatos theíou), les contesta conforme a las preguntas de ellos, según los deseos de su maldad (tas epithymías tês ponerías), y llena sus almas a la medida de lo que ellos pretenden. 3. Y es que estando vacío (kenós), vacuamente responde a gentes vacuas; porque cualquier cosa que se le pregunte, responde conforme a la vacuidad de quien le pregunta. Sin embargo, no deja de decir algunas palabras verdaderas (rémata alethê laleî), pues el diablo (diábolos) le llena de su propio espíritu (tô autoû pneúmati), haber si logra así hacer pedazos a alguno de los justos (tôn dikaíon). 4. Así, pues, los que están firmes en la fe del Señor (en tê pístei toû kyríou), revestidos de la verdad, no se adhieren a tales espíritus, sino que se alejan de ellos; mas los vacilantes y que cambian continuamente de opinión, se entregan a la adivinación como los gentiles y, volviendo a la idolatría, se hacen reos de mayor pecado que el de los mismos gentiles. Y, en efecto, el que consulta a un falso profeta sobre una acción cualquiera, es un idólatra, vacío de la verdad e insensato (áphron). 5. Porque ningún espíritu dado por Dios se presta a ser interrogado, sino que, teniendo como tiene la potencia de la divinidad (ten dýnamin tês theótetos), todo lo habla desde sí, porque procede de lo alto, de la potencia del Espíritu divino. 6. Contrariamente, todo espíritu que busca ser interrogado y responde según los deseos de los hombres, es espíritu terreno y ligero (elaphrón), que no tiene potencia. 7. Entonces, señor, le dije, ¿cómo se conocerá cuál es profeta y cuál falso profeta? –Escucha, me dijo, sobre ambos tipos de profeta. Y conforme te voy a decir, así examinarás al profeta y al falso profeta. Al hombre que tenga el Espíritu divino examínalo desde su vida. 8. Ante todo el que tiene el Espíritu divino de lo alto, es manso (praús), sereno (hesýkhios) y humilde; vive alejado de toda maldad y de todo deseo vano de este siglo (aión); se hace a sí mismo el más necesitado (endeésteron) de todos los hombres; no responde palabra a nadie por ser preguntado; no habla a sombra de tejado; ni cuando el hombre quiere habla el Espíritu Santo, sino entonces habla, cuando Dios quiere que hable. 9. Ahora bien, cuando un hombre, poseído del Espíritu divino (ho a. ho ékhon to pneûma to theión), llega a una asamblea (synagogé) de varones justos que tienen fe en el Espíritu divino, y en aquella reunión de hombres justos se hace una súplica (énteuxis) a Dios, entonces el ángel del espíritu profético (ho ággelos toû prophetikoû pneúmas), que está junto a él, llena (pleroî) a aquel hombre y así completo (plerotheís) del Espíritu Santo, habla el hombre a la multitud según lo quiere el Señor. 10. De este modo, pues, se manifestará el espíritu de la divinidad. Y ahí has de ver cuán grande sea  la potencia del Señor en cuanto al espíritu de la divinidad. 11. Escucha ahora, continuó diciéndome, las señales del espíritu terreno y vacuo y que no tiene potencia, sino que es necio (móros). 12. En primer lugar, el h. que aparenta tener espíritu, se exalta a sí mismo, quiere ocupar los primeros puestos; se hace enseguida impúdico y desvergonzado y charlatán; vive entre toda clase de deleites y en muchos otros engaños; recibe paga por sus profecías, y si no se le paga, no profetiza. ¿Conque es posible que un Espíritu divino profetice a jornal? No, no cabe que así obre un profeta de Dios, sino que el espíritu de tales profetas es terreno. 13. En segundo lugar, el falso profeta no se acerca para nada a reunión alguna de varones justos, sino que huye de ellos. En cambio, anda pegado a los vacilantes y vacuos, les echa sus profecías por los rincones y los embauca, hablándoles en todo conforme a los que ellos desean vacuamente. Y es que, en efecto, responde a gente vacua. Un vaso vacío (skeûos kenón) chocando con otro vacío no se rompe, sino que resuenan uno con otro. 14. Mas si sucede que el falso profeta se presenta a una reunión llena de varones justos, que tienen el espíritu de la divinidad, y tratan de dirigir una súplica a Dios, entonces el hombre se queda vacío, y el espíritu terreno de puro miedo, huye de él, y el hombre se queda mudo y se hace añicos y no es capaz de soltar una palabra... 16 Así, pues, por sus obras y por su vida has de examinar al hombre que se dice a sí mismo portador del espíritu (pneumatophóron). 17. Por tu parte, cree al espíritu que viene de Dios y tiene poder; mas al espíritu terreno y vacío no le creas en nada, pues no hay en él potencia alguna, pues procede del diablo». De 18-21 se hace la comparación con lo que cae del cielo –granizo o gota de agua- y lo que de abajo se arroja hacia el cielo –una piedra-, y su gran diferencia de fuerza, porque el espíritu de arriba es fuerte y el de abajo, débil15.
   Un aspecto sumamente interesante de este documento es que se puede verificar cómo se introduce en el marco cultural del tiempo acerca del profetismo como un fenómeno propio de la época con características particulares según las diversas creencias. Los profetas sentados en el banco formando una agrupación de profetas siguen una línea de la profecía judía y cristiana, mientras que el sentado en un taburete tiene los rasgos de un eggastrímythos y eggastrímantis, un ventriloqous como lo llamarían los latinos (Tertuliano, Isidoro de Sevilla), que poseído por un démon o espíritu familiar, habla desde su vientre, emitiendo su soplo y lenguaje profético desde allí, en la medida en que el medio se lo exige haciéndole preguntas. Varones y sobre todo mujeres (profetisas) ejercían esta función por todos los rincones del Imperio. E.R. Dodds, en una obrita prodigiosa de los años sesenta, Pagans and Christians in an Age of Anxiety, ha dedicado un capítulo casi completo al examen de los cuatro vocablos usados para los agentes que cumplen el difundido ejercicio de la profecía en estos momentos: prophetai (“portavoces de lo sobrenatural”), entheoi (“llenos de dios”) o daimonontes (“poseídos del demon”), ekstatikoi (estáticos), como muestras de una alteración transitoria o permanente del estado normal de la conciencia. En general y vulgarmente se los llamaba eggastrímythoi. El calificado helenista, no llega, sin embargo, a ofrecer distinciones últimas. Pero resulta claro que la organización de las visiones que este cristiano hermano de los Papas Clemente o Pío -según las fuentes-  ha redactado en Roma, distinguiendo doctrinalmente lo pagano de lo cristiano, incluye en la categoría de “falso profeta” al pagano como al cristiano y conserva entera la mentalidad de la Didakhé. Pero no sólo es posterior a ella en el tiempo, sino que asimismo, aunque trata una tradición primitiva sobre la experiencia espiritual como privilegiado origen configurador del orden histórico eclesial a partir de la potencia del Espíritu y por eso subraya la importancia de la discriminación de la fuente o canal genuino, el profeta, frente al falso profeta; sin embargo, no muestra la extensión e importancia que la Didakhé otorga a la función, ni menos la compara con la elección de obispos y diáconos como una tarea de grado inferior en cotejo con los carismas directos. Así y todo, se puede deducir con precisión que ambos testimonios anteceden por su significación en relación con la espontaneidad que otorga la potencia divina espiritual a la función, de la jerarquización inseparable de las obligaciones y cargos comunitarios –de posible origen en el patronazgo- que ya parecen establecidos en las comunidades helenistas, en el saludo de la tardía Carta a los filipenses del año 60: “obispos y diáconos”, como una transformación de la formulación “los que os presiden en el Señor (proistámenoi) y os amonestan” registrada en 1Tes 5,12 (en torno al 50) y hecha explícita con superior flexibilidad en Gál 6, 1-6 (año 52). Idéntico tenor se  confirmará más tarde con rigidez en la línea de las epístolas católicas –1Pedro 2,25: «Érais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor (poimén) y custodio (epískopos) de vuestras almas»-16, y que las epístolas pastorales robustecen– 1Tim 3,1ss., incluyendo diáconos y falsos maestros en el cap. 4, y que al final declara enfática y polémicamente: «Timoteo, guarda el depósito, evita las palabrerías profanas, y también las objeciones de la falsa gnosis; algunos que la profesaban, se han apartado de la fe»17 y Tit 1,5ss, asimismo sobre la institución de presbíteros, el obispo y los falsos doctores-. Todo lo últimamente dicho, no obstante, aunque posteriormente formará parte de escritos que serán canónicos, es menos terminante para la instrucción que lo que establece el presbítero y después Obispo de Roma Clemente I –varias veces citado- en la Primera Carta a los Corintios XXXVII-LVII18, que se apoya en pasajes seleccionados de las epístolas paulinas, en argumentos de naturaleza apostólica escriturariamente fundados en los Hechos de Lucas y en puntos de vista sobre la dupla apostólica Pedro-Pablo, que permiten descubrir una tentativa de influencia doctrinal del presbiteriado romano sobre la iglesia de Corinto.
   Curiosamente otro escrito subapostólico, la Carta de Bernabé, de fuerte impronta judeocristiana y más de acuerdo con el lenguaje evángelico de Jesús, pone más el acento en el sentido prefigurativo de las palabras de los profetas veterotestamentarios19, un rasgo del que también se hace eco la polifacética 1Clem. XII,8 cuando sostiene refiriéndose a Rahab, la ramera que hospedó a los espías de Josué (Ios. 2, 3-14): «Se dio en esta mujer, no sólo la fe, sino también la profecía». Una importante advertencia, pues por ella observamos otra nota digna de comentar sobre la función profética. Que ella en la literatura habitual,  se adscribe sólo a los varones, un aspecto expresamente declarado por san Pablo y que está de acuerdo con el establecimiento de autoridades por parte de los escritos apostólicos y subapostólicos. Se registran así también anticipos primitivos de una corriente cristiana diversa de otras, y que será no sólo monopólicamente varonil, sino que más adelante rechazará duramente en relación con las mujeres el don profético privándolas incluso del derecho a la enseñanza y la palabra en las asambleas cristianas, siguiendo en parte las exhortaciones de san Pablo. Tertuliano y las Constituciones eclesiásticas de los apóstoles lo remarcarán.20. Pero, afortunadamente no todos lo creían así como lo ha denunciado últimamente Benedicto XVI apuntando a las contradicciones de Pablo al respecto en la misma 1Epístola a los corintios (11, 4). Y el mismo Apocalipsis da testimonio ratificatorio de un uso favorable, pues cuando en 2,20 condena a Jezabel, no la condena por profetisa, sino por “falsa profetisa”. Noticias posteriores de Papías sobre las hijas de Felipe, y los Hechos de Felipe, siguen ratificando el profetismo femenino y entre gnósticos y montanistas son las figuras femeninas las receptoras privilegiadas del Espíritu.
   Posteriores, sin embargo, y más rotundas como rápidamente lo anticipamos son las afirmaciones a favor del episcopado del obispo Ignacio de Antioquia en sus cartas cuando  marchando hacia Roma para su martirio (circ. 107) se dirige a otras comunidades y guías de pensamiento afín, que da decidida y clara autonomía jerárquica al obispo en la organización eclesial –el profeta adquiere en particular en él la figura de prefiguración veterotestamentaria-, lo que anticipa la alianza firme de opiniones sobre la organización y el gobierno comunitario de las Iglesias de Antioquia y Roma en la forma apostólica (origen espiritual del envío) y monárquica (unicato petrino) que consagrará intelectualmente san Ireneo de Lión. Escribe precisamente Ignacio de Antioquía:
«Bien es, pues, que por todos los modos glorifiquéis a Jesucristo, que os ha glorificado a vosotros, a fin de que, afirmados en unánime obediencia, sometidos (hypotassómenoi) al obispo y al colegio de los ancianos, seáis de todo en todo santificados...Síguese de ahí que os conviene correr a una con el sentir de vuestro obispo, que es justamente lo que ya hacéis. En efecto, vuestro colegio de ancianos...así esta armoniosamente concertado con su obispo como las cuerdas con la lira»21    
     A modo de conclusión:  
     Por consiguiente, en los primeros tiempos cristianos, los más próximos de los discípulos a Jesús, que fueron estrictamente carismáticos, la energía vitalizadora del Espíritu y su dócil recepción por parte del profeta resultaba fundamental para que el bien y el mantenimiento espiritualmente ordenado de la comunidad diera frutos y no al contrario. Es decir, que la unidad sólida y sin fisuras radica en que el Espíritu Santo se derrama sobre la comunidad y de este modo lo diverso se torna uno, sin ser monolítico, sino testimonio de la presencia activa del Espíritu. Por este motivo la asamblea profética cumple su fin, da gracias a Dios al unísono y envía apóstoles para que enseñen a otros a creer y celebrar a Dios. El culto y la palabra son sus frutos genuinos y por esta razón está connaturalmente habilitada para poder distinguir entre el profeta verdadero que se muestra en su propia naturaleza y el falso profeta que es meramente ilusorio (por eso se facilitan criterios prácticos de discriminación que van en beneficio del mantenimiento sano de la comunidad). Esto explica asimismo que el pecado peor y que no tiene perdón divino, sea la apostasía o pecado contra el Espíritu Santo (Mt 12,31 y otros textos patrísticos, apócrifos y gnósticos), porque quien se cierra a la inspiración o presencia espontánea del Espíritu, perjudica esencialmente a la comunidad y se aísla de ella, reemplazando al Espíritu por bienes extraños que alejan de él. El control de esta delicada facultad del ejercicio de la actividad espiritual y el discernimiento de espíritus en comunidades en amplio crecimiento representa un problema religioso, que puede resolverse por la conservación de la tradición transmitida en el interior de comunidades pequeñas y esotéricamente controladas y así se ratifica entre los gnósticos en los que es posible detectar el uso de la lengua extranjera o de los términos y cantos místicos (glossolalia), el fenómeno de la comprensión de las palabras del Señor por la irrupción en el interior del Espíritu (como lo confirman los diálogos de la Pístis Sophía) y el lugar de privilegio dado a las mujeres en las asambleas eclesiásticas (las “siete discípulas” y “cinco apóstoles” del Primer Apocalipsis de Santiago y del Libro del gran discurso iniciático); o bien, optar por la disciplina exterior aplicada al grupo, lo que permite su multiplicación histórica y social como lo propuso san Pablo. Durante casi dos siglos desde sus orígenes las iglesias cristianas tanto en el mundo oriental como occidental, fueron testigos de un cultivo de la libertad espiritual que paulatinamente fue reemplazando la calidad del vínculo sagrado minoritario de la relectura o repetición del paradigma  por la red religante en el tiempo y la historia. La organización episcopal primero colegial y después monárquica, adaptando el apostolado orientado por los fines del culto y la palabra de las primitivas asambleas los reemplazó por el fortalecimiento del orden y arreglo de estas mismas dándoles solidez institucional para poder persistir como un apostolado que se extienda sobre el tiempo histórico y el universo profanos. De este modo se tomarían los modelos de la organización política del Imperio, primero tímidamente en Antioquia y posteriormente de manera firme en Roma apoyándose en la incipiente corriente mateana que hizo depender la inapresable movilidad del Espíritu que vive en la asamblea eclesial por la elección de un sucesor o vicario por el mismo Jesús (Mt 16, 13-20), Pedro, Príncipe de los Apóstoles. Una modalidad que mostrará las resistencias a ella en las iglesias de Jerusalén y Alejandría. Corriendo los siglos se impondría teológicamente el modelo del unicato de Mateo “tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” en la sede romana y son estas convicciones las que se han proyectado hacia el futuro tomándose los convenientes recaudos para que el protagonismo del Espíritu Santo ocupe el centro del gobierno de la Iglesia tanto en la dimensión espiritual como temporal, transfiriéndose de lo colectivo a lo individual. Los recursos a las reformas y al afinamiento del proceso de elección papal en relación con la realidad de la potencia del Espíritu marcan hitos fundamentales en relación con lo dicho en la historia  milenaria del Papado y su vinculo con la corriente católica con vigencia plena en nuestros días. 1º Con la transformación canónica que pasa de la elección particular de los obispos de Roma al cónclave de cardenales como electores exclusivos del Papa (Nicolás II, 1059 y Gregorio X, 1274), y 2º la adquisición de la universalidad del grupo cuyos miembros pueden ser elegidos y electores, un derecho común sólo de los cardenales designados por el Sumo Pontífice y menores de 80 años en el momento de la elección (Juan Pablo II, 1987).

FRANCISCO GARCÍA BAZÁN
UAJFK-CONICET








Notas

1. Cfr. «Fundamentos cristianos de la integración político-espiritual europea y sus proyecciones actuales», en III Simposio de Estudios sobre Europa organizado por ADEISE,  Facultad de Filosofía y Letras de la UNC, Mendoza, abril de 2006.
2.  1Cor 12,27-28
3.  ibídem, 14, 1-5
4. Cfr. J.M. Triviño, Obras Completas de Filón de Alejandría, IV, 402-403; I, 65. IV, 203 y ver J. Behm, voz glôssa en G. Kittel-G. Friedrich (eds.), Theologische Wörterbuch zum Neuen Testament (=ThWzNT), W. Kohlhammer Verlag, Stutgartt, 1933-1935  I, 721-726.
5.  14, 6-12
6.  14, 13-14
7.  14, 32-33
8.  14, 26-39
9.  19, 20; 10, 7; 10, 18-19; 11, 18; 16, 6; 18, 20-24.
10. D. Ruiz Bueno, Padres apostólicos, BAC, Madrid, 1965, 88-91
11. D. Ruíz Bueno, 92
12. Ver en parte F. Rivas, «Los profetas (y maestros) en la Didajé: cuadros sociales de la memoria de los orígenes cristianos», en S. Guijarro (coord.), Los comienzos del cristianismo, Publicaciones Universidad Pontificia de Salamanca, Salamanca, 2006, 181-203.
13. E. Norelli, Ascensión d’Isaïe, Brepols,   1993,  121-123
14. E. Norelli, 112-114.
15. Ver D. Ruíz Bueno, o. c., pp. 995-999
16. También en el mismo sentido aplicado a los presbíteros en 5, 1-2 y Hcho 20,28 en relación con Núm. 27,16 y Nehemías 7,1
17.  5,17ss y 6,3ss. (sobre los presbíteros y el doctor verdadero y falso)
18. D. Ruíz Bueno, o. c., 212- 231
19. VI, (Ruíz Bueno, o.c., pp. 781-784).
20. cfr. F. García Bazán, Jesús el Nazareno y los primeros cristianos,  cap. IV: “Jesús y las mujeres”, especialmente n. 50, pp. 151-153
21. Carta a los efesios, II.2-IV.1, (Ruíz Bueno, 449-450). Ver igualmente: Ad ephesios VI,1, XX,2; Ad magnesios III,1, VI,1, IX,2, XIII, 2; Ad tralianos II,1, III,1, XIII,2; Ad philadelphos Saludo y I. 1-2; Ad esmirniotas VIII 1-2 y Ad Policarpum. En estas misivas paralelamente no sólo se combaten las herejías (“hierbas de afuera”, “malas hierbas”) y cismas, y especialmente la postura docética, sino que también se pone entre paréntesis el posible entendimiento de los secretos celestes (Ad tralianos V,2) frente a la potencia inspiradora ante la unidad compacta que otorga la jerarquía.








BIBLIOGRAFÍA

Fuentes:

-Nestle-Aland, Novum Testamentum Graece et Latine, Württembergische Bibelanstalt, Stuttgart, 221963.
-Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1967.
- Filón de Alejandría, Obras Completas, trad. de J.Ma. Treviño, 5 vols., Acervo Cultural, Buenos Aires, 1975-1976.
-Padres apostólicos, ed. bilingüe, D. Ruíz Bueno, BAC, Madrid, 1965.
-Padres apologistas del s.II, ed. bilingüe, D. Ruíz Bueno, BAC, Madrid, 1964.
-E. Tisserant, Ascensión d’Isaïe, traduction de la version éthiopienne avec les principals variantes des versions grecque, latines et slave, Letouzey et Ané, París, 1909.
-Ascensión d’ Isaïe, trad., intr.. et notes par E. Norelli, Brepols (Bélgica), 1993.
-W.W. Harvey, Sancti Irenaei Episcopi Lugdunensis, Libros quinqué Adversus Haereses, I-II, Cantabrigiae: Typis Academicis, 1857 (reed. Ridgewood, N. J., 1965).
- A. Piñero, J. Monserrat Torrents, F. García Bazán, Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi, 3 vols., Trotta, Madrid, 1997-2000 (varias ediciones).
-F. García Bazán, La gnosis eterna. Antología de textos gnósticos griegos, latinos y coptos, 3 vols., Trotta, Madrid, 2003, 2007, 3º en prensa.

Estudios:

J. Behm, voz glôssa en G. Kittel-G. Friedrich (eds.), Theologische Wörterbuch zum Neuen Testament (=ThWzNT), W. Kohlhammer Verlag, Stutgartt, 1933-1935  I, 721-726.
Kenneth Berding, Polycarp and Paul, Brill, Leiden, 2002.
E.R. Dodds, Pagan and Christian in an Age of Anxiety, Cambridge University Press, 1968 (hay trad. española de Ed. Cristiandad).
F. García Bazán, «Fundamentos cristianos de la integración político-espiritual europea y sus proyecciones actuales», en III Simposio de Estudios sobre Europa organizado por ADEISE,  Facultad de Filosofía y Letras de la UNC, Mendoza, abril de 2006 (en prensa).
F. García Bazán, Jesús el Nazareno y los primeros cristianos.Un enfoque desde la historia y la fenomenología de las religiones, Lumen, Buenos Aires, 2006.
C. Osiek, M. Y. MacDonald, J.H Tulloch, El lugar de la mujer en la Iglesia primitiva, Sígueme, Salamanca, 2007.


Fuente: http://www.ancmyp.org.ar/user/files/3.%20Garc%C3%ADa%20Baz%C3%A1n.doc

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