miércoles, 20 de enero de 2010

Buda Gautama

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INTRODUCCION:

Gautma Buda (c. 563-c. 486 a.C.), fundador del budismo. Nació en el bosque Lumbinī, en las proximidades de Kapilavastu (actualmente en Nepal, cerca de la frontera con la India). El nombre de Gautama Buda, por el que se conoce al Buda histórico, es una combinación del nombre de su familia, Gautama, y el epíteto Buda, que significa El Iluminado. A pesar de todos los esfuerzos realizados por los analistas y estudiosos, las fechas de su nacimiento y muerte siguen siendo dudosas. Las diversas fuentes budistas están de acuerdo en que vivió 80 años, pero no sobre las fechas concretas. Los seguidores de la escuela budista Theravada sitúan su nacimiento en el año 623 a.C. y su muerte en el 543 a.C., pero estas dataciones son rechazadas por la mayoría de los historiadores occidentales e hindúes. Las fuentes antiguas ofrecen dos cronologías diferentes: la cronología larga, basada en fuentes cingalesas, que sitúa el nirvana final de Buda alrededor de 218 años antes de la consagración del rey Asoka (273 a.C.); y la cronología breve, avalada por todas las fuentes chinas y sánscritas, que datan la muerte de Buda 100 años después de la consagración de Asoka.
Todos los relatos que han llegado hasta la actualidad sobre la vida de Buda fueron escritos, muchos años después de su muerte, por discípulos proclives a la idealización de su maestro, por lo que resulta difícil separar los acontecimientos reales de los numerosos mitos y leyendas sobre su vida. Además, la mayor parte de las tradiciones budistas sostiene que Buda no fue sino la última encarnación en una serie de vidas recogidas en diversas historias edificantes. Para el budismo, los mitos y leyendas que rodean la figura del Buda histórico son tan importantes como sus palabras y hechos, de ahí que los detalles históricos de su vida resulten difíciles de establecer y, acaso por ello, no reciban un tratamiento preferente respecto a los relatos y doctrinas que se añadieron.
INFANCIA Y JUVENTUD: Hijo del jefe de la clase guerrera Sakya, de Kapilavastu, Buda nació con el nombre de Siddhartha. Después de su iluminación fue conocido también por el nombre de Sakyamuni (sabio de los Sakyas). Dice la leyenda que su madre, Mahamaya, poco antes de dar a luz soñó que un hermoso elefante blanco se introducía en su matriz. Ella falleció poco después de nacer su hijo. Se dice que los brahmanes examinaron al recién nacido y predijeron su destino como monarca universal o Buda. Fue educado por su padre y su madrastra en un ambiente de lujo y, al parecer, mostró una temprana inclinación hacia la meditación y la reflexión, lo que disgustó a su progenitor, que quería hacer de él un guerrero y un gobernante más que un filósofo religioso. En sus propios discursos Buda recordó que meditó y entró en su primer trance cuando aún era niño. Cediendo a los deseos de su padre, se casó muy joven y participó en la vida mundana de la corte. Tuvo un hijo, a quien llamó Rahula ('Vínculo').
Los brahmanes examinaron al recién nacido y predijeron su destino como monarca universal o Buda. Según la tradición, Buda empezó a buscar la iluminación a los 29 años, cuando vio por primera vez un anciano, un hombre enfermo y un cadáver, descubriendo de pronto que el sufrimiento es el destino de toda la humanidad. Después se encontró con un pacífico y sereno monje mendicante, y a partir de entonces decidió adoptar su forma de vida, por lo que abandonó a su familia, la riqueza y el poder para iniciar la búsqueda de la verdad. Esta decisión, que el budismo denomina Gran Renuncia, es celebrada por los budistas como un momento crucial en la historia.
Así pues, abandonó de inmediato el palacio, a su mujer y a su hijo y salió al encuentro del mundo. Vagó como mendigo por el norte de la India, donde recibió las enseñanzas de algunos famosos maestros brahmanes, los cuales pronto agotaron su capacidad para enseñarle. Continuó su búsqueda y terminó por establecerse en Uruvela (cerca de la actual ciudad de Bod Gaya), con cinco de sus discípulos, uno de los cuales también había formado parte de los brahmanes que reconocieron como Buda al recién nacido Siddhartha. Durante casi seis años se esforzó por alcanzar la iluminación a través de la práctica de un severo ascetismo, convirtiéndose en un auténtico esqueleto viviente. Tras demostrarse infructuoso este método, volvió de modo gradual a realizar una dieta normal, recuperó su salud y modificó su régimen ascético, aunque perdió en este proceso a sus discípulos, que condenaron lo que consideraron su nueva debilidad.
ILUMINACIÓN: A los 35 años de edad dio un gran paso hacia la Iluminación mientras estaba sentado bajo una higuera de agua en Bod Gaya. La tradición dice que una noche se sentó decidido a no levantarse hasta haber alcanzado el nirvana. Primero fue asaltado por los ejércitos demoniacos de Mara, señor de la ilusión, que intentaron sustraerle de su meditación. Mara se retiró vencido, incapaz de romper su concentración, y Buda siguió meditando. Durante la noche alcanzó niveles de conciencia cada vez más altos, llegando a conocer sus vidas anteriores y al “ojo divino” capaz de seguir la reencarnación de todos los seres. Captó las Cuatro Nobles Verdades: la vida es sufrimiento; la causa de este sufrimiento proviene de que el hombre desconoce la naturaleza de la realidad y se apega a los bienes materiales; el sufrimiento puede tener fin si el hombre logra superar su ignorancia y renuncia a las ataduras mundanas; el camino para lograr esta superación es la Óctuple Senda (o Camino de las Ocho Etapas), que se resume en principios tales como moralidad, concentración y sabiduría. Fue éste el instante en el que Buda experimentó la Gran Iluminación que le reveló el camino de la salvación. Libre ya del ciclo de la reencarnación y dotado de una sensibilidad sobrehumana, pasó las siguientes semanas considerando varios aspectos de su realización.
MAESTRO: Buda viajó por el valle del río Ganges enseñando su doctrina. Decidido a divulgar el dharma (o verdad eterna) que había perfeccionado, lo primero que hizo fue reunirse con sus antiguos discípulos cerca de Benarés y éstos, cautivados por su sinceridad, le aceptaron como maestro y se hicieron monjes. Poco tiempo después predicó su primer sermón en las cercanías del actual parque Deer. Este sermón, cuyo texto se conserva, contiene la esencia del budismo y muchos eruditos lo consideran comparable, por el tono de su altura moral e importancia histórica, al Sermón de la Montaña de Jesucristo. Los principios básicos de su nueva doctrina fueron el Camino del Medio y la disciplina monástica, que estableció para abrirse paso de la mejor forma posible entre los extremos del sacrificio y la autocompasión.
Acompañado por sus discípulos, Buda viajó por el valle del río Ganges enseñando su doctrina, reuniendo adeptos y estableciendo comunidades monásticas en las que cualquiera podía ingresar, sin importar su rango social. Regresó durante un breve periodo de tiempo a su ciudad natal y convirtió a su padre, a su mujer y a otros miembros de su familia. Un rico seguidor sufragó la construcción de un monasterio en Savatthi, que se convirtió en la principal residencia de Buda y el núcleo de difusión de sus enseñanzas. Otros monasterios fueron fundados en las principales ciudades existentes en el curso del Ganges.
La larga existencia de Buda como maestro y líder no estuvo desprovista por completo de problemas. Se tiene noticia de que hubo grupos religiosos rivales, en particular los jainíes, que atacaron sus enseñanzas e incluso a él mismo. Su primo y discípulo Devadatta quiso vengarse de él al ver frustrada su ambición de heredar el liderazgo de la sangha (comunidad monástica), planeando primero su asesinato y provocando, más tarde, un cisma en la sangha que duró poco tiempo.
MUERTE E INFLUENCIA: Después de una vida de actividad misionera, Buda falleció a los 80 años en Kusinagara (en el actual Nepal), por haber ingerido alimentos en mal estado. Al parecer predijo su muerte y avisó a sus discípulos, pero se negó a darles ningún precepto sobre la futura organización y propagación de sus doctrinas, insistiendo en que ya les había enseñado lo que necesitaban para salvarse. El arte budista posterior creó descripciones magníficas de su lecho de muerte, con animales y gente llorando con amargura mientras sus discípulos iluminados contemplaban con serenidad su nirvana final. Su cuerpo fue incinerado y sus reliquias divididas entre ocho stupas.
Buda falleció a los 80 años en Kusinagara. Buda está considerado como uno de los seres humanos más grandes que han existido, un hombre de carácter noble y compasivo, visión penetrante y pensamiento profundo. No sólo fundó una gran religión, sino que su rebelión contra las radicalidades hedonistas, ascéticas y espirituales, y contra el sistema de castas, influyó de un modo decisivo en el hinduismo. Su rechazo de la especulación metafísica y su pensamiento lógico introdujo una importante corriente analítica de la que hasta entonces carecía la tradición hindú.
Como aplicar esto a mi vida
         Estas dos personas (Irena Sendler y Buda Gautama) las elegí ya que son símbolo de humildad, de respeto por la vida, paz, determinación y de empatía hacia la humanidad.
            Ellos representan el tipo de persona en la cual me guío para tratar de establecer el tipo de persona en la cual me deseo convertir, ya que son lideres muy positivos, que alcanzaron todas sus metas de una forma pacífica, silenciosa,  precisa, con una gran tendencia al cambio y un paradigma muy amplio de las cosas.
            Ambos son:
Grandes líderes con un gran deseo de cambio, con mentes muy abiertas y que no van con la corriente, que sienten que falta algo, lo analizan y realizan,
Son personas que actúan acorde a su razón sin dejar de lado los sentimientos,
Buscan un equilibrio en la adversidad,
Son de acción que no se quedaron atascados llorando cuando todo parecía no tener solución, son personas que buscan el cambio y lograron hacer la diferencia,
No esperan que les digan que algo está mal, para empezar un plan de acción. (Con gran visión)
Son personas muy auto-críticas, muy  educadas, con un sentido de auto superación y empatía realmente admirable.
Son personas con sed de conocimiento y justicia.
Son personas que no buscaron fama, lo que deseaban era un cambio y lo lograron hacer la diferencia.
Respetan la vida y ejercieron su liderazgo sin tener que humillar o denigrar a una persona para lograr sus objetivos.
Son personas que lograron desarrollar el trabajo en equipo.
Excelentes comunicadores.
Con objetivos, estrategias muy claras.
Con gran determinación sin que esto signifique ser porfiado.
En busca de la paz y riqueza emocional, sobre la material.
Empáticos.
Muy informadas, educadas y estudiosas.
Son Líderes ejemplares en la historia, que con su serenidad lograron demostrar agallas,  transmitir sus ideas y desarrollaron el deseo en otras personas de hacer lo que ellos querían hacer.

Fuente: http://www.eguillen.com/images/articulo_recomendado/buda_gautama.doc

Acceso histórico a Jesús

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 Por Samuel Fernández 
Facultad de Teología
P. Universidad Católica de Chile

Las últimas polémicas en torno a Jesús han puesto en evidencia una verdad central del cristianismo: nuestra fe hunde sus raíces en la historia. El carácter histórico de la revelación, reafirmado por la Constitución Dogmática Dei Verbum, exige una mayor atención, por parte de nosotros los cristianos, a la figura histórica de Jesús y al nacimiento del cristianismo.
El cristianismo no es una filosofía ni una especulación que nazca de las exigencias del corazón humano; no es la proyección de las esperanzas de Israel, ni de los ideales más altos del hombre; tampoco es una leyenda que otorga sentido a nuestra existencia. No, el cristianismo es un acontecimiento que tiene su fundamento en la revelación histórica de Dios en Jesús de Nazaret, aquel concreto Hijo de María, que, según la expresión de san Juan, 'contemplaron nuestros ojos y tocaron nuestras manos' (1Jn 1,1). Por lo tanto, lo que sucedió o no en la vida de Jesús y en los primeros pasos de la comunidad de sus seguidores tiene una relevancia vital para los cristianos. La legitimidad del cristianismo actual se sustenta en su continuidad con la realidad histórica de Jesús. La sola fidelidad a una relación individual e interior con Jesús no es suficiente, si ella no está enraizada en el hecho fundacional de cristianismo, la revelación histórica, que nos es accesible por la mediación de la comunidad visible de la Iglesia. Por eso es tan importante insistir en este carácter histórico del cristianismo.
El subjetivismo moderno gira en torno al caráter significativo de Jesús, adaptando a veces su figura de acuerdo a la sensibilidad de turno. Tal como advirtió Albert Schweitzer, hace ya tantos años, existe la tendencia de proyectar en Jesús los ideales humanos del momento. Entonces, por obvio que parezca, la pregunta central, no es cómo debería haber sido Jesús, sino como fue Jesús. La concepción virginal, su actitud frente a la ley, su relación con los pecadores, con los fariseos, con los poderosos, con los romanos, su vida célibe, su relación con la riqueza, el carácter sacrificial de su muerte y su resurrección, no son elementos que podamos hoy modificar de acuerdo a si son cómodos o incómodos, atractivos o antipáticos, aceptables o inaceptables para la sensibilidad del espíritu contemporáneo. El cristianismo actual depende de Jesús de Nazaret, y no al revés. Parafraseando la exhortación de san Pablo no debemos acomodar a Jesús al mundo presente, sino que nosotros debemos transformarnos de acuerdo a Jesús.

¿Cómo podemos acceder a la verdad histórica de Jesús?
Las dificultades del acceso histórico a Jesús son, en parte, las mismas que tenemos para estudiar a cualquier personaje de la antigüedad. No poseemos 'la máquina del tiempo' y, por lo tanto, es absurdo pretender confiar sólo en aquello que podemos comprobar de primera mano. El slogan 'yo confío sólo en lo que puedo verificar personalmente', no resiste ni el menor análisis crítico, pues no sólo nos impide conocer la historia antigua, sino también la contemporánea; y no sólo nos impide conocer la historia sino que nos impide vivir. En definitiva, no se puede vivir sin confiar. Ciertamente que no se trata de una confianza ingenua. Se trata, más bien, de una confianza crítica, tal como hoy en día, en los tribunales de justicia, se absuelve o se condena a una persona no en base al uso de 'la máquina del tiempo', que permitiría verificar si tal sospechoso participó o no en el delito, sino en base a documentos y testimonios críticamente confrontados y analizados. El historiador compara y analiza críticamente los documentos y los testimonios, y luego, por medio de un método científico, evalúa la confiabilidad de los documentos y reconstruye la historia. Es lo que hace también el historiador del cristianismo.
Volviendo a nuestro tema, mucho se podría decir acerca de la confiabilidad de las fuentes evangélicas, de la seguridad de su transmisión textual, de las alusiones a Jesús que encontramos fuera del Nuevo Testamento, de los criterios históricos para juzgar las fuentes, etc., pero el tiempo no lo permite. Es preferible partir de una pregunta fundamental, que todo historiador de la antigüedad, creyente o no creyente, debe inevitablemente intentar responder: ¿Por qué nació el cristianismo? Sin una respuesta a esta interrogante, en el centro de la historia del siglo primero queda un gran agujero.
Nadie duda de la existencia de la Iglesia. La historia de Occidente no se comprende sin ella y sus huellas históricas son evidentes: Catacumbas, inscripciones, sepulcros, pinturas, referencias de autores contemporáneos, paganos y cristianos, edificios de culto, etc., son algunos testimonios que nos permiten conocer parcialmente cómo era la comunidad primitiva y cuáles eran sus convicciones. De todo ello nos informan los escritos del Nuevo Testamento, en especia los Hechos de los Apóstoles, que el historiador puede y debe analizar críticamente como documento histórico.
El análisis crítico de estas fuentes históricas nos permite acceder a algunos elementos distintivos de la primerísima comunidad cristiana. Estos documentos nos informas que casi inmediatamente después de la muerte de Jesús, sus discípulos comenzaron a rendirle culto (los confiesan Kyrios y le rezan), a proclamar que la salvación tenía su fuente en Él y no en la observancia de la Ley o los sacrificios del Templo (cf. el polémico discurso de Esteban), y a realizar una misión que no se detenía en los límites del pueblo de Israel sino que se extendía a toda la humanidad (cf. Hech 8). Y estas convicciones eran afirmadas hasta el martirio (cf. Esteban).
Ahora, si aceptamos, como todos los historiadores, que Jesús fue ejecutado y murió violenta y vergonzosamente, nos debemos preguntar ¿cómo se explica el surgimiento de una comunidad de tanto empuje, vitalidad y entusiasmo en circunstancias tan adversas?, ¿no es más bien la dispersión de los seguidores y la disolución de la comunidad la consecuencia esperable de un hecho tan dramático como la crucifixión de Jesús? Entre la muerte de Jesús y el casi inmediato florecimiento de la Iglesia aparentemente no hay continuidad: algo debió pasar después de la crucifixión que explique la gran transformación religiosa que da origen a la Iglesia.
El nacimiento de la Iglesia supone una gran transformación religiosa difícil de explicar. ¿Cómo comprender que un grupo de judíos piadosos, educados en el monoteísmo estricto, en la observancia de la Ley, y en el particularismo israelita, poco tiempo después de la crucifixión hayan rendido culto a Jesús, hayan afirmado que la salvación viene por Jesús y no por el Templo o la Ley, hayan iniciado una misión abierta a los paganos y hayan estado dispuestos a perder la vida por esta causa? Esta transformación es sumamente radical, y remueve las convicciones y prácticas centrales de la vida religiosa de aquellos judíos que fueron los primeros cristianos.
¿Cómo se explica esta transformación? Algo muy grande debió suceder como para fundamentar este gran cambio que sostiene las convicciones de la primera Iglesia. De acuerdo al testimonio de los primeros cristianos, aquello que sucedió fue, naturalmente, la resurrección. Y la resurrección debió ser un acontecimiento de tal magnitud como para sostener la transformación religiosa radical que implica el culto a Jesús, la misión universal, y el martirio. Tal como indica con agudeza un historiador no-cristiano, quienes no admiten el milagro de la resurrección, deben recurrir al milagro de la transformación de los discípulos (G. Vermes, Jesús el judío, p. 45).
No es correcto pretender una fe en la resurrección anterior a estos encuentros con el resucitado y en cierto sentido 'creadora' de esta experiencia y de los relatos. Todo lo contrario, después de la crucifixión sólo era razonable el fracaso, no había expectativas de triunfo, y, por tanto, la fe en la resurrección sólo se comprende como 'fruto' del encuentro con Jesús resucitado. No son las convicciones cristológicas de los discípulos las que 'crean' las apariciones; al contrario, la experiencia descrita por las apariciones es el fundamento las convicciones cristológicas. Es la experiencia religiosa la que es verdaderamente creativa, en el sentido que provoca algo nuevo, no esperado y sin precedentes. En breve: la visión del Resucitado no es fruto de la cristología, sino que la cristología es fruto de la visión del Resucitado. Sin esta inesperada experiencia, la comunidad cristiana sería 'un efecto sin una causa', como un gran árbol con grandes ramas que se extienden para dar sombra pero que careciera de tronco; uno se preguntaría ¿cómo se sostienen esas ramas?
Ahora, ¿qué tipo de encuentro con el Resucitado tuvieron los discípulos? Ciertamente no podemos definirlo, y no hay categorías pera expresarlo, puesto que la resurrección casi carece de analogías. Lo que sí podemos afirmar es que estas experiencias fueron tales que cambiaron radicalmente las convicciones vitales y religiosas de este primer grupo cristiano, al punto de comenzar a rendir culto a Jesús, de afirmar que la salvación viene por Jesús y no por la Ley, de extender el anuncio de la salvación más allá de los límites de Israel y de comprometer sus vidas incluso hasta el martirio. La experiencia del encuentro con Jesús resucitado, que no podemos observar directamente, debió ser tan fuerte, evidente y persistente como para fundamentar los efectos que sí podemos observar históricamente. Ni una alucinación, ni una autosugestión, ni la asociación con un héroe greco-romano, es capaz de sustentar un cambio tan radical como el que se observa en la primera comunidad.
Que los discípulos llegaron a creer en la resurrección de Jesús algunos días después de la crucifixión constituye un hecho indiscutible de la historia, que debe ser aceptado por creyentes y no creyentes. Los datos históricos permiten afirmar que un grupo de seguidores de Jesús, pocos días después de la crucifixión, estaban convencidos que Jesús había sido resucitado por Dios, y estaban convencidos con tanta certeza como para transformar todo su sistema religioso, su fe y sus prácticas, e incluso poner en riesgo su propia vida. La ciencia histórica no puede demostrar la resurrección, pero sí puede afirmar que los discípulos creyeron en la resurrección. Pero, ¿por qué creyeron en la resurrección?, ¿porque Jesús resucitado se les apareció 'dando muestras que estaba vivo', o porque tuvieron alucinaciones y se engañaron? El historiador debe interpretar los datos disponibles, y debe optar entre «creer» que Jesús resucitó o «creer» que los apóstoles se engañaron. Ninguna de las opciones es 'neutra' y ambas, en diverso sentido, son opciones de fe.
Pero la resurrección por sí sola no basta si ésta no está apoyada por el recuerdo de una existencia terrena de Jesús que sea congruente con las convicciones que alcanzó la comunidad cristiana con la experiencia de la resurrección. De este modo, los factores que explican el nacimiento de la Iglesia son la vida terrena de Jesús y la experiencia de la resurrección.
Cada una de las afirmaciones de la primerísima predicación eclesial encuentra su fundamento en la vida terrena de Jesús y recibe su confirmación en la resurrección:
Los primeros cristianos a partir de la resurrección proclamaron a Jesús de Nazaret como Hijo de Dios, esta afirmación se basa en el modo singularísimo como Jesús durante su vida terrena se relacionó con Dios, su Padre, llamándolo Abba; la predicación eclesial que afirma que 'Cristo murió por nuestros pecados' se fundamenta en el carácter salvífico que Jesús mismo otorgó a su propia vida y a su muerte; la convicción eclesial de que Jesús es superior a la Ley y al Templo se fundamenta en la superioridad que Jesús mismo manifiestó respecto al Templo y a la Ley, al corregirla (se os ha dicho... pero yo os digo, Mt 5); el carácter universal y definitivo de la salvación ofrecida en Cristo, que impulsa la misión universal y la convicción de que la salvación se juega ante Jesús, y no ante la Ley o el Templo, se basa en el modo como Jesús se relacionó con los no judíos y en el modo absoluto como llamó a sus discípulos. Así, los elementos centrales de la predicación de la primera comunidad cristiana se apoyan en la vida terrena de Jesús, y han sido confirmados y, por así decir, llevados al plano absoluto por la resurrección.
Estas convicciones, antes de ser puestas por escrito, fueron custodiadas como un tesoro por una comunidad viva que las repetía, las cantaba, las memorizaba y las comentaba, de tal modo que ningún supuesto poder eclesiástico central habría podido cambiar. Un texto muy hermoso nos muestra la solidez de la tradición oral. Se trata de un párrafo de una carta de San Ireneo, obispo de Lyón, escrita al final del siglo II:
«Yo me acuerdo tanto ­-afirma Ireneo- que puedo incluso decir el lugar donde Policarpo se sentaba a conversar, así como su modo de vivir y su aspecto corporal, los discursos que hacía al pueblo, cómo describía sus relaciones con Juan y con los demás que habían visto al Señor y cómo recordaba sus palabras, y qué era lo que había escuchado de ellos acerca del Señor, de sus milagros y sus enseñanzas; y cómo Policarpo, después de haberlo recibido de estos testigos oculares de la vida del Verbo, todo lo relataba en consonancia con la Escritura» (HE V,20).
La continuidad entre Jesús y la predicación de la Iglesia está garantizada por la tradición viva. En torno al año 200, cuando ya están puestas las bases de la teología cristiana, Ireneo puede asegurar que lo que él cree acerca de Jesús está en continuidad con la enseñanza de los que vivieron con Jesús: Ireneo fue discípulo de Policarpo, Policarpo fue discípulo de Juan, y Juan fue discípulo de Jesús. Ireneo recuerda cuando Policarpo relataba sus conversaciones con el apóstol Juan que a su vez recordaba las obras y palabras de Jesús. Ni Pedro, ni Pablo, ni los demás autores del Nuevo Testamento, ni supuestos funcionarios del poder central de la Iglesia podían falsear la imagen de Jesús en una época tan próxima a los acontecimientos fundacionales del cristianismo, en que el recuerdo vivo de Jesús estaba tan presente.

Fe e historia
Este breve recorrido por los resultados de las investigaciones de grandes estudiosos del Nuevo Testamento y de la antigüedad cristiana nos permite confirmar la solidez de nuestra fe cristológica. La fe es una asentimiento libre y razonable. No es ni un 'producto necesario' de los argumentos de razón, ni tampoco un 'asentimiento ciego'. Este recorrido sólo quiere mostrar que los datos que nos aporta la ciencia histórica no están en contradicción con la fe de la Iglesia y que, por lo tanto, la fe cristiana puede ser vista como una opción razonable; no la única, pero sí, a nuestro juicio, la opción más razonable. Así como no puede haber contradicción entre la fe y la razón, así tampoco puede haber contradicción entre la fe y la historia.
Por el contrario, la solidez y seriedad de los estudios históricos que nos muestran la fe en Cristo como una opción razonable, contrasta con la falta de seriedad y la fragilidad de los argumentos de quienes, en este último tiempo, están queriendo deformar el rostro de Jesús. En este caso, la defensa de de Jesús debe ser asumida no sólo en nombre de la fe, sino también en nombre de la razón y de la ciencia histórica.
Si consideramos que la historia es una ciencia, entonces estas falsificaciones no sólo dañan al cristianismo, sino a la misma ciencia histórica, que pierde credibilidad y tiende al escepticismo, al aceptar por igual teorías que no tienen ningún sustento documental. Hoy surgen presentaciones de Jesús y de su Iglesia que están en franca contradicción con los datos de la historia y para sustentarse deben recurrir a las hipótesis más inverosímiles absolutamente carentes de sustento documental.
El cristianismo proviene de Cristo. La primera Iglesia intentó moldear su vida de acuerdo a Jesús mismo. El modelo de la vida de la comunidad era Jesús en persona. Los cristianos, es decir, los que se dejaron cautivar por Cristo, siguieron a Jesús en su estilo de vida, aún en circunstancias difíciles. Por ejemplo, la libertad de Jesús frente a la Ley, su actitud frente a la riqueza, su cercanía con los pecadores, su confianza en la Providencia, su amor a los enemigos, etc., plantearon situaciones dramáticas e incómodas al interior de las comunidades. Esto muestra hasta qué punto la vida de los cristianos era modelada por la vida de Jesús. Los primeros cristianos no se adaptaron un Jesús a su medida, sino que adaptaron sus vidas en función de Jesús. Los que no se sintieron atraídos por el modo de vivir de Jesús, simplemente no se hicieron cristianos.
A la luz de estas reflexiones se muestra la falta de lógica elemental que profesan aquellos que insisten en que la comunidad cristiana estaba empeñada en ocultar el verdadero Jesús e imponer un Jesús funcional a sus propios intereses. Si Jesús no los satisfacía, ¿por qué lo siguieron?, ¿por qué seguían a alguien cuya verdadera imagen no estaban dispuestos a propagar?, ¿qué razones tenían para arriesgar sus vidas por un personaje que buscaban modificar más que transmitir? Yendo a un tema más concreto: ¿qué interés habrían tenido los discípulos en inventar el celibato, si Jesús no lo hubiese instituido con su propia observancia? Los inventores del celibato hubiesen sido las primeras víctimas de su propio invento; el celibato como invento humano hubiera sido una pura carga. Aquí está la paradoja: hay quienes hoy quieren mostrar a la Iglesia como una institución dedicada a ocultar el verdadero rostro de Jesús, en circunstancias que lleva casi 2000 años haciendo los esfuerzos más heroicos para manifestar, divulgar, pregonar y predicar a Cristo, para que Él sea conocido en todo el mundo.
Junto a esta falta de lógica, hay una falta de seriedad en la interpretación de los textos antiguos. Los textos gnósticos, como el Evangelio de Felipe, tienen una lógica particular que debe guiar cualquier intento de interpretación. El estudioso holandés G. Quispel, advierte: «El mito valentiniano no hace sino expresar en imágenes y en símbolos el encuentro del hombre y de Cristo. Si uno se da cuenta de este hecho, la doctrina valentiniana se vuelve menos oscura. Ella no contiene especulaciones confusas sobre una prehistoria lejana; ella es más bien una expresión poética de la redención del hombre por el Salvador. El hombre y el Salvador son los únicos protagonistas en este drama soteriológico» [Eranos Jahrbuch XV (1947), p. 250]. Esta advertencia es vital para comprender la enseñanza gnóstica que, bajo una expresión mítica, ofrece un sistema teológico. De ahí, cabe hacerse una pregunta que podría parecer superflua: ¿En qué sentido los gnósticos creían en el mito gnóstico? Cualquiera que tenga una cierta familiaridad con los escritos gnósticos comprende perfectamente que una presentación de Jesús como esposo de tal o cual personaje bíblico no puede sino ser una expresión alegórica. Estoy seguro que los primeros en estar de acuerdo con esta interpretación y en contra del Código de Da Vinci serían el mismo autor del Evangelio de Felipe, y Valentín, Teódoto, Heracleón, es decir, los grandes gnósticos del siglo II. Por otra parte, la marcada tendencia gnóstica a despreciar la creación y, por ello, la corporalidad y el matrimonio, excluye una interpretación literal de los textos que presentan a Jesús como esposo, que en realidad no son otra cosa que un desarrollo de las expresiones que ya el Nuevo Testamento utilizaba metafóricamente para expresar la relación entre Jesús y su Iglesia.
Abordando, ahora, el contenido del apócrifo de Judas, más que insistir argumentos ya expuestos, quisiera hacer una observación importante: En ninguna parte del nuevo apócrifo Cristo 'fuerza' a Judas a traicionalo. Jesús sólo le dice a Judas: «Tú vas a superarlos a todos ellos, porque tú vas a sacrificar al hombre que me reviste» (p. 56). De este modo, Judas no traiciona a Cristo, sólo entrega al hombre que reviste a Cristo (algo como su 'envoltorio'). Esto supone la visión gnóstica del hombre y de Cristo, en que el hombre visible es diferente al Cristo que lo inhabita. Los gnósticos de fines del siglo II propusieron este tipo de soluciones para evitar el escándalo de la cruz, de hecho, en el Evangelio de Felipe, el grito de la cruz, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? lo interpreta como el grito del hombre Jesús que se queja porque el Cristo Dios lo ha abandonado en la pasión; incluso algunos gnósticos afirmaban que el que murió en la cruz no fue Jesús sino Simón de Cirene (cf. Adv. haer., I,24,4). Cualquiera que conozca un poco la antropología judía, de corte unitario, y su diferencia con la antropología griega, de tendencia dualista, reconocerá que la citada frase del Evangelio de Judas no puede tener su origen en los labios de Jesús ni en el ambiente judío, y que, por tanto, se trata de una especulación helenística tardía de la segunda mitad del siglo segundo.
Todo esto representa una desvalorización de la moral. Según los gnósticos la salvación o perdición del individuo no depende del libre albedrío propio, sino de su constitución ontológica, es decir, su naturaleza. Así, los hombres están bajo un rígido determinismo que tiene su causa en el origen y su consecuencia necesaria en el destino. Estas doctrinas giran en torno a especulaciones protológica; en ellas no hay lugar para la caridad, ni para la búsqueda de la justicia; no hay preocupación por los demás, ni lugar para la verdadera conversión. Indudablemente una enseñanza así no proviene de Jesús.

Conclusión
¿Qué hacer? Mucho se puede hacer, hay tantos ámbitos desde donde se puede aclarar la verdad. Pero, si queremos defender la verdad de Jesús, esta verdad que hunde sus raíces en la historia, es necesario que con nuestras vidas demos testimonio de la objetividad de Jesús. Para ello debemos profundizar nuestra relación personal y viva con el Señor, por medio de la lectura de los evangelios, por la participación en la eucaristía, por la meditación de sus misterios, tan admirablemente compendiados en el Rosario, por el estudio serio de la persona de Jesucristo, etc.
La obejtividad de Cristo se oscurece cada vez que moldeamos un Jesús funcional y adecuado a nuestras necesidades, y resplandece allí donde nosotros modificamos nuestra propia vida de acuerdo al modelo que es Jesús, aquel que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida. Una religiosa contemplativa le explicaba a un grupo de jóvenes cómo hacer la lectio divina, les decía: recuerden que no debemos adaptar la Palabra a nuestra necesidades, sino que debemos adaptarnos nosotros para acoger esa Palabra. La firmeza y la solidez le pertenecen a Jesús, y somos nosotros los que debemos ser moldeados.
Finalmente, para una buena cristología, nada mejor que una buena mariología. Ya en los primeros años del siglo I, san Ignacio de Antioquía, camino al martirio, ante quienes negaban la realidad de la encarnación o ponían en duda la divinidad del Salvador, proclamaba a Jesús: «nacido verdaderamente de una virgen». Al decir, verdaderamente nacido, afirmaba la verdad de la encarnación; y al señalar el nacimiento virginal, indicaba la divinidad de Jesús. Por eso exortaba a los cristianos:
Haceos los sordos cuando alguien os hable a no ser de Jesucristo, el de la descendencia de David, el hijo de María, que nació verdaderamente, que comió y bebió, que fue verdaderamente perseguido en tiempo de Poncio Pilato, que fue crucificado y murió verdaderamente (IX,1).
Y ante la multitud de errores en torno a Cristo recordaba:
Hay un solo médico: carnal y espiritual; creado e increado; Dios hecho carne; vida verdadera en la muerte; [nacido] de María y de Dios; primero pasible y luego impasible: Jesucristo nuestro Señor (Ef., VII.2).



Fuente: http://www.iglesia.cl/especiales/codigodavinci/docs/historic_jesus_PSFernandez.doc

Jesús, fundamento de la espiritualidad cristiana

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Eduardo Arens, sm

Entiendo por espiritualidad la manera de vivir la vida del Espíritu. Al hablar del Espíritu pienso en primer lugar en el espíritu que fue guía y fuerza de la vida y misión de Jesús, por eso hablamos de espiritualidad cristiana. Recordemos que no había antaño visión trinitaria aún, por eso el Nuevo Testamento (NT), más claramente que la doctrina teológico-filosófica posterior, entiende al Espíritu como el ruaj, la vitalidad divina. Espiritualidad, por tanto, no es otra cosa que la vida que brota de la fuerza divina en el hombre que se deja inspirar y “mover” por ella, que se manifiesta en el actuar y pensar. No está contrapuesta a la vida física humana, ni a “mundanidad” en el sentido de vivir en el mundo (entendido éste en su sentido neutral, no en el metafórico de valores negativos); no es sinónimo de etéreo o abstracto, ni se reduce a una interioridad o intimidad.
Si la espiritualidad es cristiana será aquella vivida según el espíritu de Jesucristo. Esa espiritualidad tendrá matices diversos según quién la viva, tan diversos como son las personas, pero a su vez será sustancialmente la misma si es el espíritu de Jesucristo –esto lo expuso claramente san Pablo en sus cartas y está en el trasfondo del evangelio según Juan.
Deberíamos darle mucha más importancia a la espiritualidad que a la teología; a la vida más que a la doctrina. Al final de cuentas eso es lo decisivo (cf. Mt 25,31ss). Por cierto, al hablar de espiritualidad no estoy pensando en posturas pasivas o meramente intimistas: la espiritualidad que no se manifiesta visiblemente y se proyecta en la vida en sus diversas facetas es un espejismo, una quimera.
Si entendemos espiritualidad cristiana –en un mundo que ofrece muchas espiritualidades– como un vivir en sintonía con el espíritu de Jesucristo, entonces es indispensable conocer a ese Jesucristo, que no es otro que el histórico resucitado, aquel de quien se da testimonio en primer lugar en el NT. A esa misma vivencia básica se compromete todo auténtico discípulo de Jesucristo. Después de todo, es algo intrínseco al seguimiento de Jesucristo, un compromiso de vida.
La espiritualidad de Jesús
La espiritualidad DE Jesús es la propia suya, de su vivencia, histórica. Entrar en ella, descubrirla, es inseparable del problema del descubrimiento del Jesús histórico. Estamos hablando de la espiritualidad de una persona, no aparte o al margen de ella, por tanto exige saber algo sobre esa persona. Es el problema histórico-crítico. Pero es particularmente más difícil pues queremos entrar en “el alma” de Jesús, su vivencia íntima –con el riesgo de jugar a psicólogos. Es afín a la pregunta por la conciencia que tenía Jesús sobre su identidad, sobre su misión, sobre la relación de Dios con él. La vida interior de alguien se puede conocer por medio de sus manifestaciones externas, su comportamiento, y, en segundo lugar, por lo que pueda decir o dejar escrito –digo “en segundo lugar” porque el lenguaje más claro, espontáneo, y por tanto natural, es el del comportamiento, no lo que se comunique verbalmente, pues a menudo esto está en función de la imagen o la idea que se quiera vender. La persona revela su “interior” en su comportamiento no programado, en su praxis común, mucho más claramente que en lo que pueda decir.
Toda cristología y toda “espiritualidad de Jesús”, como toda “vida de Jesús”, es hija de su tiempo, pues es descrita en consonancia con una multiplicidad de factores que en la mente y la personalidad del expositor se conjugan: su cultura, su idea de Dios y lo divino, sus experiencias personales, expectativas o sueños, sus intereses múltiples, incluidos religiosos, sus conocimientos o percepciones históricas, su condición socioeconómica, etc. Esto lo observamos ya en el NT. De hecho, Jesucristo viene presentado allí en diferentes versiones según diferentes apreciaciones: la de Marcos, la de Mateo y de Lucas, la de Juan. Por eso, nunca se tendrá una apreciación definitiva de Él. Como vemos, hay una serie de limitaciones que son inevitables, si no simplemente insuperables. En otras palabras, Jesucristo es más que las cristologías expuestas, y es más que el cristianismo mismo. Y lo que digamos sobre su “espiritualidad” será siempre aproximativo, provisorio y parcial.
Inevitablemente tendemos a hacernos una imagen de Jesús que es proyección de nuestras ideas, adecuada a nuestra visión de la vida, es decir un Jesús a nuestra medida, pues se cuelan nuestros prejuicios y nuestras conveniencias. Pensemos en las presentaciones modernas en el cine, en la literatura, en la filosofía, en el arte plástico. Sobre ello ya advirtió hace un siglo Albert Schweitzer en un brillante estudio: la tendencia es hacer un Jesús que refleja al que lo presenta1 –porque no lo conoce desde dentro, desde su experiencia de fe vivencial en sintonía con los testimonios apostólicos. Para evitar eso es necesario leer y releer, meditar y contemplar a Jesús a través de los excepcionales testimonios de los evangelistas –que calificamos como palabra de Dios–, dejando que ellos nos hablen y compartan cada uno su apreciación de Jesús. Pero debemos estar mínimamente familiarizados con el lenguaje con el que presentan a Jesús, que no siempre es el de la historia pura: los evangelios no son biografías de Jesús. De lo contrario haremos de Jesús un ídolo y de su mensaje una ideología. El impacto de Jesús está ampliamente testimoniado, complementariamente, en los restantes escritos del NT.
Se da además una interacción entre la experiencia de la vida cristiana y la apreciación de Jesucristo. El conocimiento de alguien no es meramente intelectual, fríamente informativo. Más aún, los datos sobre alguien pueden ser interpretados de tal manera que produzcan una apreciación deformada, incluso falsa de la persona en cuestión. Como el término hebreo lo connota, “conocer” a alguien es compenetrarse con el sujeto (cf. Jn 10,15s; 14,7ss.17.20; 17,3). Toda cristología resulta, pues, de una reflexión que conjuga el pasado de Jesucristo con el presente del expositor –como se observa en los evangelios mismos, que por ello son diferentes los cuatro. Lo que se presenta es una determinada manera de caminar con Jesucristo. Es así que Jesús, en el cuarto evangelio, podía reiterar que los judíos no lo conocen, ¡ni siquiera conocen a Dios (1,10s; 8,19.32.55; etc.)!
Conocer a Jesús no se limita a nuestras apreciaciones teológicas (dos naturalezas, unión hipostática, etc.), sino en la compenetración con él, como quien conoce a un amigo: confiar en él y dialogar con él. Lo que Jesús pedía era confianza en Dios, en él y en sus mediaciones, y no que lo confiesen intelectual o doctrinariamente como hijo de Dios o mesías (Mc 8,30). De hecho, cuando preguntó quién decía la gente que era, Jesús no mostró mayor interés en la respuesta. A continuación les dice lo que significa seguirle a él, es decir, remite a la ortoPRAXIS: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame” (Mc 8,34)2. Por lo mismo, más allá de toda teoría, a Jesús se le conoce y aprecia en profundidad en el seguimiento de su camino, que supone el olvido de sí mismo, para entregarse al anuncio y la realización de la presencia del reino de Dios, reino de vida y de justicia, hasta la cruz. Visto atentamente, eso supone que el cristianismo debe ser sustancialmente misionero, no instalación; debe ser testimonio viviente de la praxis de Jesús, no doctrina.
Importancia de la pregunta por Jesucristo
Es necesario replantearse cada tanto tiempo la pregunta por el realismo y el significado de la persona de Jesús de Nazaret, pues se trata de la fidelidad y la honestidad históricas. Para el cristiano está en juego la continuidad con ese Jesús y su proyecto, que toca la identidad cristiana –y por ende también una espiritualidad que quiera ser cristiana. La importancia de ese replanteamiento se refleja en la reiterada pregunta por el “Jesús histórico”, particularmente a lo largo del último siglo.
Primera clave: relación interpersonal
Preguntar quién es Jesús es preguntar quién es Él para mí, en mi apreciación y, más allá de ella, en relación a mi vida: es retomar la pregunta hecha a los discípulos: “¿Quién dicen ustedes que soy?”, a la que Pedro responde a título representativo: “Tú eres el Mesías”. Juan da la respuesta en su versión del Evangelio, poniendo en labios de Jesús mismo los famosos “Yo soy (para ustedes)...”. No se pregunta quién fue Jesús, sino quien es ese que fue. La pregunta no es por información biográfica, sino por una apreciación personal sobre Él, hoy. La pregunta es más relacional que ontológica. No pregunta quién es Jesús visto en sí mismo (su naturaleza), sino para nosotros. Tampoco pregunta por Jesús por sí mismo, sino su relación con el Enviador. No pregunta por su conciencia mesiánica, sino por la conciencia que tenemos nosotros de él.
A la pregunta que los enviados del Bautista hicieron a Jesús por su identidad, éste respondió remitiéndoles a los signos externos de su actividad: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios,... y se anuncia el evangelio a los pobres” (Mt 11,4s). Son signos (semeia) que apuntan a una verdad profunda, a su identidad. No se llega a ésta si no es por los signos, que revelan su identidad. No se puede conocer y comprender a Jesús aparte de sus relaciones con las personas, con la sociedad, con los marginados y enfermos, incluida su relación con Dios, el Padre.
La pregunta por Jesús no obtiene una respuesta integral si se reduce a los simples datos cronísticos. La pregunta es por la significación de la persona para otros, que trasciende los hechos mismos: incluye el ámbito “interior” de la persona —sus actitudes, principios, afectos... que se reflejan en sus actuaciones, aquello que se dio por llamar “misterios” de la vida de Jesús. Eso nos remite al ámbito de la fe: ver a Jesús con los ojos con los que él veía, y conocerlo intimando con su Padre.
Al considerar a Jesús no debemos limitarnos a sus rasgos externos humanos como una especie de grandioso modelo a imitar, pero son ésos los que nos revelan su relación con Dios, y es esa relación la que debemos procurar adquirir, no por mecánica imitación de un modelo, sino por fuerza del Espíritu, es decir, el espíritu de Cristo3. Por eso hablamos de seguimiento de Jesucristo, no de imitación. Eso es lo que proponen los autores del NT. Es una espiritualidad.
Segunda clave: el discipulado
La pregunta por Jesucristo es inseparable de nuestra misión como cristianos: todos estamos invitados a dar testimonio de nuestra fe. Al verdadero Jesucristo lo conoceremos en la medida que vivamos su proyecto salvífico y viceversa, lo cual también supone que lo conocemos. Por eso, el conocimiento de Jesús de Nazaret nos confronta una y otra vez con nuestra opción en relación a su causa, su camino: “tú, ven y sígueme”. Esto es evidente en los evangelios. Por tanto, para conocer a Jesucristo no basta con el estudio atento de los testimonios bíblicos, ni llegamos al fondo mediante la meditación o la reflexión teológica. Debe necesariamente incluirse la praxis, el seguimiento concreto de Jesucristo por su camino mesiánico. En otras palabras, se le irá conociendo en la medida que se viva la experiencia de ser sus discípulos. Es precisamente así como se escribieron los evangelios, desde la vivencia pospascual de ser discípulo de Jesucristo (su Sitz im Leben, o contexto vital, más profundo).
En síntesis, para saber quién es una determinada persona, hay que tener un mínimo de información acerca de ella, pero más importante y determinante es captar el significado existencial que pueda tener, entrar en su “alma”, lo que la hace ser quien es. Esto vale para Jesucristo. Sin embargo, si no incluye la experiencia de su presencia arriesga ser un conocimiento teórico, pues se trata de una persona, no de un objeto —eso es lo que dio origen a la predicación kerigmática—, más concreta y específicamente, la experiencia de vivir como su discípulo. Eso es lo que, de hecho, hicieron los evangelistas en sus respectivas presentaciones de Jesucristo: es el Jesús Cristo de sus vivencias de fe, de sus experiencias como seguidores. No entenderemos plenamente los evangelios si no es a través de la experiencia del discipulado –por eso muchos se quedan discutiendo lo anecdótico. En otras palabras, hay que conocerlo informativa y también existencialmente; hay que haber intimado con Él, estar “en Él”, haberse puesto a caminar “con Él”, asumir “su” proyecto y su causa. Jesús es conocido sólo en la medida en que es seguido. Su misterio sólo se desvela a quienes van tras Él, están con Él, sirven al mismo Dios. Se trata de una experiencia pneumática, de la compenetración con el Espíritu que fuera “el alma” de Jesucristo —ocasionalmente calificado como “el espíritu de Jesucristo” (Hch 16,7; Rom 8,9; Fil 1,19; 1Pdr 1,11). Estamos ante una espiritualidad.
¿Imitación o seguimiento de Cristo?
En los evangelios encontramos reiteradamente a Jesús invitando a seguirlo, pero nunca invitando a imitarlo. Por lo mismo Lucas podía hablar del cristianismo como “el camino” (Hch 9,2; 19,9.23; 22,4; 24,14). Y es que tanto Jesús como los evangelistas sabían bien que lo que estaba en juego y era determinante era la relación interpersonal con él, que llamaban fe (especial y enfáticamente en Jn). Jesús no era un modelo, sino iniciador de un movimiento con una particular visión de la vida, la cual es eminentemente comunitaria; constituyó un grupo de seguidores y les instruyó sobre la manera de relacionarse entre ellos.
La idea de imitación es griega, no semítica. En el mundo griego se buscaba la perfección según modelos idealizados, tanto en el arte como en el deporte, y también en cuanto a la vida personal. Por eso era de capital importancia el cultivo de “virtudes”. Pero la perfección a la que Jesús invita, en las únicas dos ocasiones en que se la menciona, consiste en hacer como el Padre celestial, “que hace salir el sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5,45-48), es decir, consiste en prodigar bondad indiscriminada y gratuitamente (sol y lluvia son fundamentales en un mundo agrario). Y al “joven rico” le propuso: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres” (Mt 19,21). Sólo cuando entre en contacto con el mundo griego, en el cristianismo se empezará a hablar de imitación, y ya en los escritos del NT producidos en ese mundo y para él. Por cierto, debemos cuidarnos de contraponerlos, pues el seguimiento incluye una cuota de imitación, como el hijo imita al padre sin calcarlo.
Seguir a Jesús no es cuestión de traer a la memoria un pasado, una anamnesis. No es una relación con discursos, ideas o recuerdos, sino con una persona. Es una solidaridad ontológica. Por tanto no es una relación con una imagen o una figura ficticia, sino con una persona real existente, aunque no tenga un rostro visible para nosotros: es una relación con Jesús de Nazaret resucitado –por eso eran importantes los relatos de apariciones pospascuales–, y san Pablo se refiere a ella como central (1Cor 15). La continuación de la presencia de Jesús está garantizada por su Espíritu –es el espíritu del mismo Dios– como Juan en particular resaltó en su versión del evangelio. Seguir a Jesús es identificarse con él; es una compenetración con él al punto de llegar a decir como Pablo: “no soy yo quien vive, sino Cristo que vive en mí” (Gál 2,20); es estar “injertados en él” (Rom 6,5). Eso implica asumir como personal sus propuestas y proyecciones –dimensión ética.
Lo que significa ser un seguidor de Jesús podemos deducirlo sólo de lo que conocemos de sus primeros seguidores en cuanto tales, por eso la particular importancia de los evangelios. Si no nos referimos a ellos arriesgamos inventarnos un discipulado (y un cristianismo), o caer en fantasías piadosas, como fue al inicio con los judaizantes y con los movimientos gnósticos, entre otros.
El llamado al discipulado originaba en Jesús, y era una invitación a seguirle a él, en ese modo particular suyo de vivir: los llamó “para que estuvieran con él”, dijo Marcos (3,14). Eso está expresamente presentado en los evangelios: “ven y sígueme”. Por eso, los evangelistas presentaron a Jesús dando instrucciones a sus seguidores y enviándolos a hacer lo que él hacía: son sus seguidores, de su camino. Los evangelistas lo entendieron como una cuestión de fidelidad hacia él y de continuidad con sus propuestas y proyecciones. Y fue eso precisamente lo que trajo consigo conflictos con aquellos “cristianos” que tenían una apreciación distorsionada de la persona de Jesús y de su mensaje –que no era una doctrina sino un camino de vida. Los discípulos habían sido atraídos por él, no por una doctrina –era un “maestro” diferente; su “autoridad” se hacía manifiesta en “expulsiones de demonios” (Mc 1,21-27) para dar paso al reinado de Dios. Los discípulos no asistían a cursos de teología, sino a experiencias de vida (Schillebeeckx) –ellos vivían una teología. Por eso recordarían y narrarían sus experiencias con Jesús, y los evangelistas transmitirán eso como relatos. Esos episodios se transmitían por ser significativos para ellos. Es allí donde encontramos los rasgos del discipulado.
En el proceso de comprensión de lo que significa seguir a Jesús estamos confrontados con el significado de Jesús mismo. Es un significado soteriológico: seguir a Jesús es enrumbarse en un camino salvífico. No extraña que cristología y soteriología son inseparables. Creer en Jesucristo es seguirlo. Teniendo todo eso en mente podemos discernir y determinar si somos auténticos seguidores de Jesucristo –es una cuestión de identidad: ¿quién es un verdadero cristiano?
Por lo dicho, el conocimiento de Jesucristo es importante porque la revelación definitiva de Dios, y la salvación, se dan en él, en esa persona. Ese es el núcleo de la evangelización: el anuncio de Jesucristo, “el mismo ayer, hoy y por siempre”. Según el judaísmo la salvación se obtiene por el cumplimiento de la Ley de Moisés; para el cristiano se obtiene en el seguimiento de la persona de Jesucristo. A diferencia del gnosticismo, sistema que promete salvación en base a conocimiento y al cual estamos proclives a caer, el cristianismo asegura la salvación en la medida que se adhiera a la persona de Jesucristo (Jn 20,30s). Ningún otro personaje en la historia, que se sepa, hizo depender la salvación de la relación con Él. Por eso los primeros cristianos anunciaban a una persona: Jesús el Cristo. Aquí está el núcleo de cualquier espiritualidad que se diga ser cristiana.
El camino de Jesús
La espiritualidad de Jesús se refleja especialmente en dos aspectos: en sus referencias a Dios como padre, abba, y en su predicación
y praxis, sintetizada en la expresión “el reino de Dios está a su alcance”.
Notorio es que Jesús no se dedicó a hablar de Dios: vivía la experiencia de Dios y la transmitía. Y cuando se refería a Dios lo hacía en base a su experiencia, su familiaridad con Dios, su intimidad con Él. A diferencia de los rabinos y otros predicadores, Jesús no estaba preocupado con Dios mismo, sino con las relaciones entre las personas. Jesús no hacía de teólogo. Eso lo ilustra su predicación visual: sus sanaciones. Por eso no es del todo correcto pensar que las parábolas hablan de Dios; hablan de los hombres. Tampoco es correcto pensar que el reino de Dios es lo mismo que “los cielos”, como no lo es afirmar que Jesús fue un maestro de doctrinas.
Jesús no fue un maestro de doctrinas ni fue el fundador de una nueva religión. Lo que enseñaba, y la gente sencilla precisamente admiraba de él, era el hecho de que hablaba sobre la manera de vivir humanamente, relacionando el trato de unos con otros con el amor a Dios que la Ley tenía como primer y supremo mandato –y todo judío repetía tres veces al día (Shema Israel...). “Amarás al Señor tu Dios... y al prójimo como a ti mismo: en eso se resume toda la Ley y los profetas” (=AT). Jesús no fundó una nueva religión: era judío y como tal vivió y murió. Además, no estuvo preocupado con cuestiones de culto y estructuras rituales –las referencias a ellas fueron más bien para criticarlas. Lo que Jesús hizo fue proponer una reforma del judaísmo, si así se puede decir, centrando la atención en el hombre, en lugar de centrarla en la Ley como tal: “el sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). Y todo eso proviene de su particular manera de vivir su relación con Dios, su abba
–nuestro abba, como solía referirse a Dios.
También es notorio el énfasis que Jesús ponía en el perdón –ya presente en el Padre Nuestro (cf. Mt 6,14s). El que se sabía aceptado por Dios en sus limitaciones y deficiencias, Jesús (que no era perfecto), ese mismo perdonaba en nombre de ese Dios a los otros. Perdonar es reconocer y restaurar la dignidad del otro (Mc 2,5-12). El discípulo, que sigue a Jesús, debe hacer igual. Lo ilustra la parábola del siervo despiadado en Mateo 18. Llamativa debió haber sido la exigencia de amar al enemigo. Para llegar a eso hay que tener un alma compasiva y desprendida... Nada de extraño que Jesús pusiera el mandamiento del amor al prójimo al mismo nivel del mandamiento supremo para todo israelita: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”.
El reino de Dios
Empecemos por anotar que la centralidad del reino de Dios en la predicación de Jesús, que hoy nos resulta evidente, no era tenida como evidente en la teología hasta hace un siglo; simplemente no era tema. Lo cierto es que no se puede hablar correctamente de Jesús sin hablar de su anuncio de la inmediatez del reino de Dios. Es ésta la expresión que, cual lema, resume su mensaje. Fue objeto, no sólo de la predicación verbal de Jesús, en particular mediante parábolas, sino también lo presentaba en su praxis, tanto su conducta como sus milagros. La predicación oral de Jesús y su praxis eran inseparables; se complementaban coherentemente. La una ilustraba la otra o, más precisamente, la hacía realidad.
Si Jesús hablaba del reino de Dios, y lo asociaba inclusive a sus milagros, era porque estaba convencido de ello, y él mismo vivía el reinado de Dios en su propia vida –sumisión a su voluntad. El reino de Dios y la voluntad de Dios son una y la misma cosa (vea el Padre Nuestro). Aquí tendríamos que detenernos en la llamada “voluntad de Dios”, cómo conocerla y reconocerla. Me limito aquí a remitir al NT como referencia y criterio fundamental de discernimiento (pues la historia es testigo de la frecuencia con la que se ha calificado como “voluntad de Dios” lo que en realidad es voluntad de los hombres en afán de imponer su particular visión de Dios)4. Recordemos que Jesús es mediador o, más exactamente, exponente de la voluntad de Dios. Es lo que expresa el título mesías (Cristo; cf. Dt 18,18s). Porque Dios es su padre, Jesús está atento a su voluntad –vea la parábola de los dos hijos a los que el padre pide que hagan su voluntad, en Mt 21,28ss. ¿Cuál es esa voluntad? Ese es tema del evangelio según Juan.
Es notorio que en el NT nunca se define ese “reino de Dios”, sino que se van presentando diferentes aspectos del mismo, a menudo en lenguaje metafórico –indicio de que no se puede definir. Es una realidad esencialmente dialéctica: empieza aquí pero no es plenamente de este mundo; se sitúa en el corazón, pero se manifiesta como real en el mundo tangible. Es un ya-pero-todavía-no. Por eso, la expresión-base malkut hashamaim debe traducirse por reinado de Dios, y su connotación intrahistórica, más concretamente política (cf. Sal 45; 72 y Sal Salomón 17), se da en aquello a lo que remite, que tiene sus raíces en las esperanzas tradicionales de un reinado real de Dios en este mundo, anticipado por diferentes profetas, que finalmente haría del pueblo elegido un reino de colorido davídico (mesiánico), un reino en el que reine la justicia, la paz y la prosperidad para Israel (Isa 11,3ss; 32,1ss.15ss). Y eso constituiría la gran comunidad de Dios. Por eso, el anuncio del reino de Dios por parte de Jesús es formador de comunidad, pero desprovisto de los rasgos nacionalistas tradicionales.
Ahora bien, hablar de rey y reinado es hablar de superioridad, de dominio. Es el tema de la apocalíptica –en esa clave expone Juan el reino de Dios en el Apocalipsis. Y si es un reinado de Dios eso significa que es lo propio suyo, sus valores y principios: su justicia, su salvación, su juicio, su verdad,... Es un reinado de paz, solidaridad, justicia y verdad. Por ser de Dios, es un reino abierto a todos. Si Jesús no lo explicó (?) fue porque daba por descontado que la gente sabía de que hablaba. Lo notorio es que cambió el esquema tradicional de reino de Dios: no es apocalíptico militar sino pacifista, no es de los poderosos sino de los humildes, no es de los grandes sino de los pequeños: “bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de Dios”. La justicia en cuestión era social, no política como se esperaba (visible en el Apoc).
La instauración del reino de Dios, tal como lo anunciaba Jesús, conlleva una transformación de las relaciones sociales, económicas y políticas diferentes –aspectos precisamente cuestionados por Jesús– vistos en términos de poder, para ser relaciones en términos humanitarios5. Dios reina donde se da una sociedad modelada por los principios de Dios abba, tal como Jesús los fue exponiendo y proponiendo. Por eso la constante llamada a la conversión (otro elemento esencial para la espiritualidad). El punto de partida está en el corazón del hombre: de allí “proceden las malas intenciones, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, maldades, engaños,...” (Mc 7,21s; cf. Mt 5,21-48). Esa es la espiritualidad de Jesús, que no es otra que la de las Bienaventuranzas!
El reino de Dios es opuesto al reinado de Satanás, que es destructivo, por eso los exorcismos juegan un papel importante: “si expulso demonios con el poder de Dios, es porque el reino de Dios ha llegado” (Lc 11,20 Q). No pueden convivir ambos reinos, como no se puede servir con entrega a dos señores.
De la importancia capital que tenía para Jesús el reino de Dios se deriva su preocupación por los pobres y los marginados; de lo mismo se comprenden sus advertencias acerca del peligro que representan las riquezas, pues jala en el sentido contrario de la fraternidad, del compartir como hermanos e hijos del mismo Dios Padre. Por esa misma razón Jesús era muy crítico en sus relaciones con autoridades judías, pues generaban elitismos exclusivistas y aires de superioridad en nombre de Dios, un dios que no es el de Jesús.
Tanto en su praxis como en su predicación, Jesús dio una nueva clave de lectura de la historia: la centralidad del hombre, sobre todo de los desvalidos, no de los poderosos (como se suele escribir historia, sino desde su “reverso”), destacando que lo que lo hace grande es la primacía del amor, en lo que se resume la voluntad de Dios (Mc 7,15). Es la historia desde los pobres; es la historia del evangelio mismo. En el reino de Dios, los grandes son los humildes, los primeros son los que viven como últimos, los señores son los tenidos como siervos; “derribó del trono a los poderosos y ensalzó a los humildes”. Es la advertencia de Pablo en 1Cor 1,18-29.
Todo esto obedece a una espiritualidad del reino propia de Jesús. Tengamos presente que Jesús estaba convencido de su inmediatez, tanto temporal como local. Él creía que el fin del mundo, el juicio divino, se daría pronto: “...venga tu reino”. Y él estaba convencido de que podía mediar la iniciación de la realización de ese reinado de Dios. Lo manifestaba en sus exorcismos y sanaciones, en su prédica y su conducta, poniendo al hombre al mero centro. Jesús se consideró el evangelista del reino de Dios –“evangelista” porque anunciaba esa buena nueva: Dios hará justicia a los pobres e impondrá la rectitud para los tildados de pecadores. De esto hará una lectura desescatologizada el autor del cuarto evangelio y presentará a Jesús como fuente de vida (ya ahora). Es notorio que en este evangelio (Jn), Jesús no predica el reino de Dios, sino que se autopredica, y no pide fe en Dios, sino fe en él: él es el logos, el discurso de Dios, su rostro visible: “quien me ve/oye a mí, ve/oye al Padre”. Es ésta una relectura del significado soteriológico de Jesús, que en mucho se asemeja a la de san Pablo.
La predicación sobre el reino era en términos de salvación, no de juicio, y su tónica era de fiesta, no de ascesis. Conocido es el frecuente recurso a imágenes de banquetes, por parte de Jesús, y su compartir la mesa escandalosamente con marginados. El reino de Dios tiene como objetivo humanizar al ser humano, hasta que llegue a su plenitud. Entrar al reino de Dios no se impone; se propone –Jesús nunca chantajea; a lo sumo advierte.
Jesús es el hombre de la vida por encima de todo, y vida humana en pleno sentido. No hay lugar en Jesús para una visión atemporal de la salvación, o dos mundos, uno natural y otro sobrenatural, contrapuestos –Jesús no estaba tras la salvación de almas, sino de personas, y aquí y ahora; es entrar en el reino de Dios ya. Es diferente de la visión griega del tiempo y del mundo, con sus abstracciones. Con el paso del tiempo se empezó a hablar de la salvación del alma, y como resultado se fue olvidando la dimensión comunitaria, social e histórica del hombre. Como consecuencia la salvación se entendió como una cuestión del “alma”, interior y estrictamente personal. El seguimiento de Jesús, en cambio, significa salvar personas creando comunidades liberadas de (medio) y para (meta)... ser pescadores de hombres que se abran al reino de Dios. El reino de Dios por su misma naturaleza construye comunidad, la de los discípulos de Jesús. Es la comunidad de los “hermanos, hermanas” de Jesús (Mc 3,32ss).
Jesús no llamó a seguirle para cultivar una piedad individual e interior, o para recibir lecciones sobre la Ley y las tradiciones, sino para formar comunidad, pero tampoco una comunidad a espaldas de los conflictos sociales reales. La escatología de Jesús tenía más que ver con el futuro del pueblo de Dios en la sociedad que con la vida trans­histórica de cada individuo, y ese futuro lo veía en relación directa a la instauración del reino de Dios. Por eso el reino de Dios es una realidad primeramente intrahistórica, terrenal, y social. El reino en “el cielo” es el paradigma y la meta del reino de Dios, es su plenitud.
Por otro lado, hablar de un “reino de Dios” era usar una expresión de indiscutible contenido político. Si no el término mismo, el concepto era el que abanderaban los profetas, especialmente los preexílicos. No olvidemos que en ese mundo lo político y lo religioso eran inseparables: las realidades religiosas inciden, si no incluso determinan directamente en las cotidianas, como es obvio en el papel que jugaba la Ley y las tradiciones rabínicas –por eso no era necesario que Jesús invocara expresamente aspectos políticos (como se suele objetar), pues lo hacía por el lado más radical y sagrado, el religioso. Criticar a las personas con poder es entrar en el campo de la política. Proponer restablecer la formación de un pueblo de Dios según los cánones del reino de Dios, era (y es) entrar en política. Anunciar la cercanía del reino de Dios era tácitamente cuestionar la legitimidad del poder que se presenta en nombre de Dios, pues es anunciar un cambio de “gobierno”, lo que obviamente constituye una posición de corte político. Hablar de una sociedad igualitaria, de fraternidad sin dominaciones, comunión de bienes (Hch 2,42ss; 4,31ss), tiene un sabor socialista, diríamos hoy. Así lo entendieron las autoridades que por eso decidieron su ejecución –la cruz era, además, un castigo por causas de orden político (“rey de los judíos”). El discípulo no puede hacer menos que Jesús: debe buscar activamente establecer el reinado de Dios en el mundo, y hacerlo de modo claro y expreso, cueste lo que cueste, sin miedo a la muerte. Para tener parte en el reino de Dios el requisito fundamental es el desprendimiento, no por ascesis sino para compartir: “vende lo que tienes, dalo a los pobres, entonces ven y sígueme”.
En resumen, “la espiritualidad” expuesta por Jesús no era de carácter individualista, sino eminentemente social, orientada hacia la vida en comunidad. No había, por eso, lugar para un orgullo de una perfección o una santidad adquirida. A Jesús mismo no lo encontramos ocupado expresamente con su perfección o su santificación, –afirmar que no lo necesitaba por ser Dios implica que su humanidad era falsa– ni con la de los demás. Ha sido la posterior influencia griega la que centró la atención en el individuo, su interioridad y su perfección personal, al margen de la comunidad; se enfatizó la ascesis como práctica, y luego la fuga mundi como camino a la santidad, dedicados a la imitación de las supuestas “virtudes de Jesús”. El dualismo neoplatónico contribuyó mucho a la teología de los primeros siglos, oponiendo cuerpo y alma, materia y espíritu. En cambio, Jesús invitaba a que lo sigan, es decir que, al igual que él y junto con él, se dediquen a la misión de anunciar la cercanía del reino de Dios con palabras y obras, expulsando demonios y sanando enfermos. No llamó para dedicarse a la contemplación –si bien ésta es parte de la relación con Dios (transfiguración)– sino a ser “pescadores de hombres”.
La espiritualidad de Jesús era la espiritualidad del reino de Dios, que más concretamente es la espiritualidad de las Bienaventuranzas (asunto que por espacio no elaboro). Para Pablo lo será el vivir “en Cristo”, el “tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”, y por ello insistía en sus cartas en la correlación entre el indicativo (fe en Jesucristo) y el imperativo (praxis coherente con esa fe, que es compenetración con la persona de Jesús). Esta coherencia entre indicativo e imperativo es la que caracteriza la predicación de Jesús del reino: hacía lo que decía, practicaba lo que predicaba. En efecto, la praxis de Jesús revela su espiritualidad del reino.
Uno de los rasgos conductuales de Jesús era su sensibilidad hacia los pobres, marginados, excluidos, así como su compasión hacia los agobiados por el sentimiento de culpa. Esto no era común en su tiempo, por eso fue admirado por el pueblo –y criticado por las autoridades. Esa sensibilidad viene “del alma” de Jesús, de vivir la compasión de Dios su padre. Era poco común entonces porque la espiritualidad judía tenía como foco de atención la Ley y el culto, no el hombre.
Otro aspecto muy elocuente de la conducta de Jesús son sus cenas con “pecadores y publicanos”, que nos revelan su preocupación por estos marginados, es decir su rechazo de la discriminación. En esta vena hay que mencionar las parábolas centradas en cenas. Eso obedece a su concepto de Dios como padre de todos, que busca la oveja perdida y celebra su hallazgo. Pero también acogía a personas socialmente marginadas, como los niños y las mujeres, tenidos por ciudadanos de tercera. Por cierto, elocuentes son sus “milagros” a favor de sufrientes, anteponiéndolos a la santidad del sábado.
Es notorio que Jesús no estuvo preocupado con cuestiones cultuales, ni con las sinagogas o el Templo. Las leyes tan importantes (por ser de identidad) de pureza ritual las pasaba por alto si eran motivo de discriminación. Igual en relación al sábado. La praxis de Jesús era marcadamente humanitaria, y todo lo hacía en nombre de Dios. Su solidaridad con los hombres está sintetizada en la expresión “hijo del hombre”. ¿Por qué? ¿Qué idea de Dios tenía?
El Dios de Jesús
Jesús era el exegeta de Dios. Esa “exégesis” la hacía en y mediante su vida, de palabra y sobre todo de obra. Eduard Schweizer calificó a Jesús como “la parábola de Dios”6. Por cierto, no es una exégesis teórica, sino vivida y vivencial. De hecho, Jesús no se dedicó a especular, teorizar o indoctrinar sobre la naturaleza de Dios. Vivió a Dios, como con un padre. Por eso hacía visible a ese Dios: curaba, perdo­naba, acogía, buscaba. Se oponía a todo lo que en nombre de Dios tuviese sabor a constricción, esclavitud, “fetichismo”. El de Jesús es un Dios de la libertad y liberador. Porque así lo vivía, Jesús actuaba en ese espíritu aun pasando por alto preceptos –y era acusado de blasfemo pues cuestionaba al dios del culto, del templo, de la ley y las tradiciones inhumanas. Dios no está encerrado ni en el templo ni en leyes, ni está sujeto a ritos y costumbres (cf. parábola del fariseo y el publicano). Dios no necesita intermediarios ni mediaciones.
La tradición ha preservado un vocablo de referencia de Jesús a Dios: abba7. En sí es elocuente, por la familiaridad atrevida que supone. Un dicho que tiene en esencia aire de remontar a Jesús es Lc 10,22 (Q): “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre; y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”. Es la relación de conocimiento mutuo como el que tienen un padre y un hijo. Su relación con Dios como abba, significa que él se tenía en actitud de hijo. Como tal, es actitud de confianza pero también sumisión a su voluntad: “Abba, todo te es posible. Aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mc 14,36).
De la imagen de Dios como padre, se entiende la importancia de la compasión, del perdón, del mandato del amor como central. Si es padre no admite discriminaciones y busca a los hijos perdidos para hacerlos participar de sus gozos. De aquí el espíritu alegre, festivo, humano de Jesús. No estamos simplemente ante enseñanzas, sino ante proyecciones de su propia vivencia. Su ética, su actitud frente a la Ley, su priorización del hombre, tienen su origen en su relación personal con Dios como con un padre.
La parábola del padre bondadoso (Lc 15,11ss) expresa la convicción de la bondad de Dios que tenía Jesús. Por ser así su Padre, un rasgo de la espiritualidad de Jesús era su compasión (generalmente traducida por misericordia, que supondría una actitud de superioridad, y un motivo moral o ético), reiterada en los evangelios; “sean compasivos como su Padre es compasivo” (Lc 6,36) –esa es su imagen de Dios Padre– que recuerda la exigencia veterotestamentaria “sean santos como Dios es santo” (Lv 19,2). Com-pasión, cuya raíz semítica viene del sustantivo entrañas, es un sentimiento conducente a una conducta consecuente (com-pasión = sentir con el otro; lo que el otro siente). Compasión es un sentimiento maternal (ya lingüísticamente, entrañas), que connota el don de la vida, cuidado, protección. Así era Dios para Jesús, y así se comportaba él mismo.
Lo propio de Jesús no era ni la doctrina ni la ética como conceptos, sino más bien la confianza manifiesta de distintas maneras, tanto cara al prójimo como a Dios. No son propios de él los mandamientos, que todos se encuentran ya en el AT, ni siquiera aquel del amor (cf. Lev 19,18), sino que anunciaba el amor de Dios a los hombres, del cual debe proceder como respuesta y motivación la ética: sean perfectos/compasivos como perfecto/compasivo es su padre celestial.
Por ser Dios “padre”, Jesús se sentía y actuaba como persona libre. Era libre porque su centro de atención era Dios padre y su voluntad que es liberadora, humanizante. Fue su grandiosa libertad de actuar, pensar y hablar la que finalmente le costó a Jesús la vida, por no jugar con las sacrosantas reglas prefijadas. Esa libertad suya no fue de rebeldía o por una actitud liberal per se, sino porque lo prioritario era la voluntad de Dios, voluntad de amor, de misericordia, que antepone al hombre a cualquier coacción contraria.
La libertad de Jesús frente a los imperativos de la Ley y las tradiciones, le permitía vivir una relación de fe auténtica, desde su interior y por libre opción, como lo es la del amor, cara a su Padre. La libertad de Jesús, claramente manifiesta particularmente en su estilo de vida y su comportamiento con los demás, por no mencionar frente a la religión en sus expresiones formales y oficiales, es algo a menudo olvidado cuando se habla de Jesús8. Su importancia radica en que pone de manifiesto cuál es la verdadera religión. La libertad de Jesús es la denuncia más fuerte que se puede hacer contra nuestros egoísmos disimulados, refinadamente camuflados bajo apariencias de amor y fidelidad a las normas, a las tradiciones, a las instituciones de todo tipo. Y es que las instituciones, incluidas las religiosas, tienden a convertirse en fines en sí mismas, exigiendo (sus guardianes) culto y sacrificios para alimentarlas, por tanto esclavizan al hombre en su favor, de modo que trastocaron su razón de ser: en lugar de servir exigen ser servidas, además de buscar afianzar y ampliar su poder. Se presentan como “la voluntad de Dios”. Por oponerse a esos mecanismos y esa ideología (cf. Mt 23), Jesús entró en conflicto con determinadas instituciones.
Por ser libre, la espiritualidad de Jesús es optimista y alegre, no es de ayunos ni ascetismo –se contrasta con el Bautista: “¿Por qué no ayunan tus discípulos cuando ayunan los discípulos de Juan y los de los fariseos?” (Mc 2,18s). “Este es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores” (Lc 7,34 Q).
El Cordero pascual
Muy elocuente en cuanto al sentido de la vida de Jesús, y por tanto a su espíritu, es el capítulo de su Pasión. No en vano ocupa más espacio que otros episodios, tanto en los evangelios como en la predicación de san Pablo. Me limitaré a unos pocas observaciones relacionadas a la espiritualidad de Jesús.
Más que de cruz deberíamos hablar de crucifixión, incluso del crucificado, pues el centro de atención es él. A menudo “cruz” pasa a ser simplemente un símbolo representativo teológico asociado al pecado, y abstraído del hecho de la crucifixión de Jesús como tal, y de sus causas inmediatas y reales: su praxis. Tanto el hecho de tratarse de una condenación a muerte, como el modo en que fue ejecutado, son reveladores. Fue ejecutado por algo que en su vida era tenido como amenazante, inaceptable. Y fue ejecutado con el suplicio aplicado por los romanos a revolucionarios y esclavos. Fue ejecutado por lo que vivía. Lo más dramático es que su presentación del reino de Dios había encontrado resistencia fatal precisamente de parte de aquellos que decían defender a Dios.
La de Jesús fue una PROexistencia; así fue toda su vida, no sólo su muerte. Por lo mismo, al hablar de la muerte de Jesús es imperativo destacar la libertad con la que asumió su destino violento. Tan libre que sólo la violencia homicida podía ponerle fin. Libre porque seguro de su posición y proyecto. Libre por su particular relación de fe con su Padre. Libre porque era plenamente humano –y esa libertad la proponía a los hombres, con palabras y con hechos. Y libre ante la Ley, ante quienes pretendían dictar la vida de los otros en nombre de Dios. El suyo no era sólo un actuar libre, sino una actitud abiertamente crítica frente a tales pretensiones...
Tres observaciones. Primero, no hay cruz sin crucificado, y éste lo fue por algún motivo relacionado a su vida. La cruz sintetiza su vida. No era el cumplimiento de una predestinación o de un plan divino, sino de la libertad y decisiones humanas. No era una especie de suicidio. Segundo, no fue por la forma de morir por la que Jesús nos abrió el camino a la salvación, sino por el hecho de dar su vida hasta el final en su proyecto de sembrar la semilla del reino de Dios –su “pro-existencia” (H. Schürmann). Correlativamente, la salvación no es debida al dolor o los sufrimientos que tuvo Jesús –mucho mayores y prolongados se ven en hospitales! Tercero, la cruz no es el capítulo final, sino la resurrección, mediante la cual Dios reivindica a Jesús, y con ello su predicación, dando fe de que la espiritualidad de Jesús es la auténtica.
¿Espiritualidad de la cruz? Mc 8,34 presenta a Jesús invitando a la gente a seguirlo, pero un requisito es que “cargue con su cruz”. En Lc 14,27 se advierte que “Quien no carga con su cruz y viene tras mí no puede ser mi discípulo”. No es la cruz como dolor en sí y por sí. No hay sadismo. Esos textos van seguidos de anuncios de la Pasión. Si vemos bien los textos citados, que son clave, tendríamos que decir que no hay una espiritualidad “de la cruz” sino “del seguimiento del crucificado”. No es cuestión de pasividad, resignación, o masoquismo. Menos es cuestión de buscar la cruz. Estamos hablando de la cruz en cristiano, es decir del seguimiento de Jesucristo con todas sus consecuencias. Y ese seguimiento es el camino del amor: la cruz viene por vivir el amor al estilo de Jesús –recordemos las advertencias sobre persecuciones a los discípulos en Mt 5,10ss; 10,23; Lc 21,12; Jn 15,20.
En resumen, la espiritualidad de Jesús se alimenta y brota de su comunión con Dios, que entiende como su padre, abba. El autor del cuarto evangelio asegura por boca de Jesús a los discípulos que al Espíritu “ustedes lo conocen, porque permanece con ustedes y en ustedes estará” (14,17), ese “Espíritu santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará cuanto les he dicho” (14,26). Por lo mismo, una espiritualidad que pretenda ser cristiana tendrá que comulgar con la de Jesús. Por eso, la espiritualidad de su discípulo, será de sumisión a la voluntad de Dios tal como Jesús la reveló; será una espiritualidad de filiación (con Dios) y de fraternidad (con los hombres, especialmente los más relegados); será una espiritualidad de la libertad en la amplitud de su sentido (vea Gálatas). La espiritualidad de Jesús había estado orientada a rescatar al hombre del “reino de Satanás” en sus múltiples manifestaciones. Era la espiritualidad del reino de Dios, que es el reino entre los hombres. Es espiritualidad de Jesús aquella que está guiada por el mismo espíritu que guiaba a Jesús, que era el de la compasión, la solidaridad y la verdad.

1  Geschichte der Leben-Jesu Forschung, Tubinga 1913; más recientemente, B. Sesboüé, Imágenes deformadas de Jesús, Bilbao 1999 (el título original es más claro: Jésus- Christ à l’image des hommes).
2  E. Arens, Christopraxis, Minneapolis 1995.
3  J. Moltmann, El camino de Jesucristo, Salamanca 1995, cap. III.
4  Vea al respecto J.M. Castillo, El discernimiento cristiano, Salamanca 1984.
5  Cf. J.M. Castillo, Reino de Dios, Bilbao 2000.
6  Jesús, parábola de Dios, Salamanca 2001.
7  J. Schlosser, El Dios de Jesús, Salamanca 1995.
8           Cf. Ch. Duquoc, Jesús hombre libre, Salamanca 1975.



Fuente:  http://www.memoriayprofecia.com.pe/img_upload/82d48eec48aff81e1ca433effc5894ea/Reflex_arens.doc